Perdido para siempre

Marzo 27, 2017

Este ensayo fue comisionado por Art Agency Partners para el número de febrero del 2017 de In Other WordsEs un placer volver a publicarlo aquí y traducirlo al español para nuestros lectores.


 

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Patricia y su hijo Guillermo Cisneros en el Gran Núcleo de Hélio Oiticica (1960-66). Fotografía tomada en el Projeto Helio Oiticica, Río de Janeiro, 1994

A principios de la década de 1990, cuando empezaba a desarrollar en profundidad la parte brasileña de nuestra colección de arte moderno, visité, junto con mi asesor y amigo Paulo Herkenhoff, el Projeto Hélio Oiticica que en ese entonces se encontraba en un apartamento en el que sus amigos guardaban mucha de su obra. Hoy está mucho más organizado.

Luciano Figueiredo, un artista y amigo cercano de Oiticica, era el responsable no-oficial del Projeto. Recuerdo entrar al apartamento y encontrar un auténtico tesoro: allí estaba toda su obra temprana y los Parangolés—las esculturas para ser vestidas. Ahí es donde descubrí el genio de Oiticica.  En esos días aún no era tan conocido. Pero después de aquella visita, me comprometí a coleccionar su obra.

Ahí vi una obra llamada Gran Núcleo (1960-66). Era una serie de placas de color suspendidas que generaban una suerte de laberinto a través del cual uno podía caminar. Oiticica la produjo en el momento en que sus pinturas se estaban convirtiendo en relieves espaciales, cuando su arte se alejaba de la pared y el color comenzaba a encarnar la forma. Fue un momento crucial en su desarrollo.

Me enamoré perdidamente de su obra. Me recordó a las obras ambientales de algunos artistas cinéticos que había visto en Venezuela.  Esta obra parecía su contraparte brasileña, este color flotando libremente en el espacio.

Fue un momento sumamente emocionante, el descubrir la producción de este gran artista. Regresé con mi familia a ver la obra, pero no adquirí esa obra en particular. Eran los años en los cuales la colección empezaba a adquirir la dimensión que tiene hoy y aún resultaba intimidante pensar en cómo almacenaríamos o mostraríamos ese tipo de obra.

A través de los años el valor de la pieza aumentó, a pesar de que nadie la había comprado. Yo pensaba mucho sobre el Gran Núcleo, y sobre cuánto me hubiera gustado comprarla pues sabía que haría mucho sentido dentro de la colección.

Y luego, hace alrededor de cinco años, hubo un incendio en la fundación de Oiticica, y la pieza fue destruida. Se ha ido para siempre. Me arrepiento enormemente, pues pienso que quizás hubiera podido salvarla.