¿Movimiento establecido o movida pasajera?

Junio 10, 2015

En efecto, el mérito más saliente del cheverismo es la red de complicidades que ciertos jóvenes curadores, artistas y gestores de espacios alternativos han establecido en la región y más allá. ¿Por qué no habrían de ser válidas las estrategias de apoyo mutuo y socialización? Por otra parte, ¿qué grupo profesional está libre de exclusiones e intrigas?

El cheverismo es una reacción lógica a nuestra era neoliberal. El apoyo institucional a la cultura disminuye cada vez más o viene con demasiadas imposiciones. En lugar de protestar o mendigar, los cheveristas dan la espalda a lo que no les sirve. Son ingeniosos e incisivos. Tienen sentido práctico sin renunciar a los placeres del sinsentido. Distanciados de las atroces dictaduras y guerras civiles por una o más generaciones, muchos se burlan de la vieja cultura de la queja y rechazan toda ideología o dogma, tildando de “pretenciosas” y “aburridas” las posturas marxistas, conservadoras, académicas o teóricas.

Rehúsan vivir del “amor y control” de corporaciones, burocracias u oenegés. El mercado impone las reglas pero estos jóvenes artistas y gestores están listos para sacarle provecho. Sus espacios son a la vez galerías de arte emergente, salas de cine experimental, sedes para charlas, debates y actividades de todo tipo, tiendas de artículos diseñados por artistas, restaurantes y bares. Este modelo mixto atrae a un público joven y heterogéneo, y permite mayor autonomía, improvisación y flexibilidad que aquel financieramente sujeto a patronatos u organizaciones sin fines de lucro.

Es evidente su uso “ético” de materiales modestos o autóctonos, así como su vocación relacional, cuyas raíces se remontan tanto al formidable trabajo de Virginia Pérez-Ratton en Centroamérica, como al fenómeno que hizo famosos al crítico Nicholas Bourriaud y a artistas como Rikrit Tiravanija o Carlos Amorales. Por un lado, los cheveristas buscan salirse del ghetto latinoamericanista, “desmantelando esencialismos identitarios” (al decir de Inti Guerrero) e investigando realidades históricas y globales. Y por otro lado, Pablo León de la Barra —la voz cantante de esta red bastante amorfa— propone contagiar al mundo de “tropicalismo”: un estado mental caótico, sensual, alegre y liberador.

¿Es el cheverismo un movimiento establecido o una movida pasajera? Para saberlo haría falta una reflexión más constante (y, sí, muchachos, incluso aburrida y pretenciosa) sobre la particular estética de la economía cheverista de la amistad. ¿O es la economía de la amistad cheverista?