Coleccionistas del mundo unidos: ¡resistamos la tentación!

Julio 6, 2016

Mi práctica en el ámbito de las artes ha tenido dos vertientes en las últimas dos décadas. De un lado, he recorrido el azaroso camino de la recolección de objetos y piezas de arte, lo que me ha llevado a que se me estampe el sello de coleccionista; de otro, he sido y sigo siendo un promotor, un agente y un emprendedor de las artes visuales y de la cultura en un sentido más amplio.

“Coleccionar” arte para mi es la deriva de recorrer una jornada que es la de la inmersión en el magma de la vida misma. Esta jornada es el camino del aprendizaje; es -por igual- exponerse al mundo para conocerlo y es la vía para que éste entre en nuestra vida. Es también dar de sí al mundo; es el intercambio, la interacción; es la exploración desde la urgencia de la curiosidad. La urgencia de tratar de conocer, de aprehender y de hacer sentido de aquello que no sabemos explicarnos; es hacernos preguntas, es aventurarnos en el caos y en la entropía a través de la práctica de la contemplación, del intelecto y de la emoción. Coleccionar es escoger el arte como vehículo de aprendizaje y como receptor de perplejidad. El arte para mí es el medio escogido para tratar de sondear el gran misterio de la vida.

Como coleccionista me aparto cada vez más de la consuetudinaria y consabida práctica de visitar ferias de arte y de acumular objetos porque sí, son un método adictivo. Evito las ferias salvo en contadas excepciones, por distintos motivos. Uno de ellos es que he llegado a indisponerme con el hecho de que muchos galeristas me persigan como vendedores de coches usados en pos de una venta. Prefiero trabajar proyectos o comisiones con los propios artistas quienes, junto con el público, son el centro de todo este propósito; dialogar, pensar proyectos––que pueden o no generar objetos que se sumen a la recolección––y llevarlos a cabo. Frecuentemente invito a artistas a pasar días o a viajar conmigo, o son ellos los que me convocan, y en esos encuentros ––que suelen suceder en lugares rodeados de naturaleza y sosiego, en lugares históricos de arte y cultura o en el trasiego de una megalópolis–– se propicia la efervescencia de ideas.

Desde hace poco más de nueve años, presido el Museo de Arte de Lima (MALI), uno de los museos de arte más activos y emocionantes de América Latina al día de hoy. Mi responsabilidad principal allí es la de catalizar y encausar el gran esfuerzo de un maravilloso colectivo de individuos, para crear una vasta y potente plataforma plural de contenidos y de ideas, de contactos, de encuentros, de discusión. A la vez que la de legar a las generaciones futuras el acervo y el conocimiento, acaso la sabiduría, de cientos de generaciones de gente que han habitado estas tierras que hoy llamamos Perú.

Paralelamente, hace poco más de un año Joel Yoss (mi novio y compañero de casi una década) y yo decidimos lanzar Proyecto Amil, una plataforma multimodal de arte contemporáneo sin fines de lucro. Amil se ha abocado a producir muestras de arte, publicaciones de muestras y monográficas, residencias de artistas, colaboraciones con museos y otros centros de arte, charlas y proyecciones de cine y fiestas muy bacanes. Además ha reactivado el sótano del agonizante centro comercial Camino Real, dándole contenido relevante a este entorno (contrario a lo que sucede en las ferias de arte).

En el pasado reciente, Amil ha trabajado y hecho muestras y publicaciones con los artistas Iván Argote, Martin Gustavsson, Sergio Zevallos, Armando Andrade Tudela, y muestras colectivas curadas por Pablo León de la Barra y Tatiana Cuevas. En los próximos doce meses tiene proyectos con Richard Tuttle, Esther Klaes y Rita Ponce entre otros muchos planes.

Proyecto Amil ha sido para nosotros, la alternativa a un museo propio o cualquier idea similar de ese tipo -más cercana a Tánatos que a Eros. Prefiero una plataforma móvil y en estado de reinvención que un proyecto de ladrillos y argamasa de los que, francamente, sobran muchos en estos tiempos de egolatría desenfrenada. Evitar la tentación de lo que mi brillante amiga y colaboradora, Natalia Majluf, define como “la tentación del museo propio” es mi divisa.

Las ideas no son propiedad de los que las paren sino material e instrumento de los que las escuchan y asimilan. Por el resto: HONI SOIT QUI MAL Y PENSE.

Coleccionistas del planeta, uníos alrededor de vuestros centros de arte comunitarios o locales y de vuestros museos cercanos o internacionales (opten por uno y otro) y no se dejen llamar por los cánticos de las sirenas comerciales y las megalomanías vulgares y aborrecibles.

¡Vivan el arte y sean felices! Vale la pena el intento…