De cómo (no) hacer economía con la amistad

Junio 10, 2015

Toda economía está basada en una forma de producir a partir del capital y del trabajo. Toda amistad  se constituye desde cierta subjetividad y afinidad sensible. Lo cierto es que, a estas alturas del partido, esta relación no puede asumirse como inocente.

Buscando rastros de un análisis político de la amistad, pienso en Tolstoi y su análisis de la guerra como articulación de amistades y enemistades. Pero tal vez esto es ponerme demasiado dramático. Pienso entonces en las clásicas fronteras entre lo público (la economía) y lo privado (la amistad); el problema con esta diferenciación es que está marcada por la convencionalidad de la razón y la institución moderna. El trabajo puede ser una forma de placer, es posible que las afinidades sensibles tengan también que ver con afinidades políticas y estéticas. Este es el afortunado denominador común, lo público y lo privado se enreda hasta el punto de no distinguirse del todo.

Me gusta pensar que seguimos siendo seres sensibles, emocionales y amistosos. Pero, haciendo uso de una dosis saludable de pesimismo, también somos seres políticos, atravesados por intereses y afinidades pre-textuales. Para que exista economía, debe existir la posibilidad de capitalizar un valor de uso y un valor de cambio, pero entonces, ¿cómo se hace economía con la amistad? ¿No será que esta capitalización se basa entonces en un valor simbólico/subjetivo de cambio? ¿Cuál es entonces la ética que sustenta este valor?

El Cheverismo, como una de las manifestaciones más notables en Latinoamérica de la llamada “economía de la amistad”, ha logrado cuestionar a un sistema del arte que se reproduce sobre plataformas rígidas, capitales restringidos, una institución pública a veces precaria y formas de hacer burocratizadas. Es acá en donde el Cheverismo obtiene el mérito de actuar a partir de la informalidad, intentando ser consecuente con ciertas condiciones materiales en Latinoamérica y con una idea critica del trabajo, desde el placer y el humor.

Ahora bien, hay puntos sobre los cuales vale reflexionar. Me pregunto entonces sobre las políticas desde las cuales el Cheverismo fundamenta y legitima sus circuitos amistosos, reconociendo que todo sistema de intercambio es también un sistema de inclusión/exclusión. Desde esta lógica, es importante pensar si la capitalización de la amistad promueve la desconcentración de lugares de enunciación para el arte, o si por el contrario, perpetúa afinidades restrictivas a lugares específicos que se repiten y reproducen de manera discursiva y simbólica.

Otro punto a revisar cuando hablamos de Cheverismo es el del riesgo a perder su “frescura” y carácter autocritico, al depender exclusivamente de la circulación y representación cíclica y espectacularizada del gesto -convertido en políticamente correcto- (me refiero al peligro de privilegiar la actitud por sobre el objeto crítico). El Cheverismo y cualquier otro movimiento artístico corren el riesgo de esto.

Se trata entonces de reconocer las contradicciones de nuestras afinidades sensibles, sobre todo si partimos de una Latinoamérica atravesada por políticas coloniales de clase, étnicas y de género, las cuales necesitamos revertir constantemente también desde nuestras lógicas de complicidad.

Debo reconocer que la idea de “economía de la amistad” me resulta problemática, prefiero pensar que hay Economía y hay Amistad (con mayúscula), hay amigos con los que -afortunadamente- trabajamos y hay canciones como ¿Why can´t we be friends? de la banda funk War.