Descolonizar el arte colonial

Octubre 25, 2019

La larga travesía histórica que comenzó en el Caribe a principios del siglo dieciséis, un cruento proceso que incluyó la destrucción sistemática de muchas culturas americanas antiguas en nombre de la doctrina cristiana y de los soberanos españoles, y la aniquilación, esclavitud, o el desplazamiento forzoso de millones de seres humanos a manos de los invasores europeos, cambiaron la región, y el mundo, para siempre. La conquista fue el punto de partida de una larga carrera de colonización que implicó la refundación y reorganización del territorio, de sus habitantes, de las estructuras políticas y de todo tipo de instituciones tanto civiles como religiosas. Sin embargo, como resultado de la titánica, y a la vez imposible, misión de extirpar de raíz los vestigios culturales de civilizaciones milenarias, y de la imposición casi siempre forzada de repertorios visuales foráneos, surgió en América una nueva cultura visual. Se trató de un proceso que fue más allá del simple reacomodo pasivo de colonizadores y colonizados, y que más bien podría explicarse como la articulación asimétrica de las diferencias culturales entre ambos grupos. El arte consecuencia de esta encrucijada de diferentes mundos es el resultado de intersecciones muy complejas entre las culturas, historias y personas que dieron forma al mundo colonial hispanoamericano durante algo más de tres siglos.

La terminología a emplear para nombrar y describir tan dilatada y varia producción artística ha sido objeto de acalorados debates desde principios del siglo veinte, cuando entre académicos y coleccionistas surgió un creciente interés por estudiar y coleccionar el arte producido antes de la independencia. En realidad, historiográficamente hablando, se trata de una discusión que en algunos países ya se había iniciado a fines del siglo anterior cuando el fervor antiespañol post independentista había dado paso a posturas más moderadas. Sin embargo, es realmente durante el período de entreguerras cuando la necesidad de un léxico apropiado para identificar, aglutinar, y diferenciar a toda la heterogénea producción artística colonial alcanza un punto crítico. Durante cerca de medio siglo —aproximadamente entre 1920 y 1970—, historiadores del arte como Ángel Guido, Martín Noel, Manuel Romero de Terreros, Manuel Toussaint, George Kubler, Damián Bayón, y Graziano Gasparini, por citar sólo algunos entre los más destacados, se abocaron a redefinir el léxico de las artes del período hispánico en América.[1] Fue una discusión especialmente enfocada en la terminología relativa a los procesos de hibridación cultural, en la que sin embargo no se llega a cuestionar en profundidad el carácter colonial de toda esta producción artística. A la vuelta del siglo, en algunos círculos los términos “arte colonial”, “arte colonial español”, y en menor medida “arte virreinal”, son examinados con mayor atención y se los comienza a calificar como equivocados, e incluso ofensivos. Esta posición refleja las posturas de algunos estudiosos de historiografía política para quienes el uso de la categoría colonial conlleva una carga emotiva negativa y obedece a razones ideológicas.[2] No obstante, a pesar de la polémica, su uso ha seguido en pie hasta hoy, particularmente en círculos académicos norteamericanos en los cuales se ha consolidado como la terminología estándar. Parte de la cuestión historiográfica se ha centrado sobre la existencia o no de una condición colonial en Iberoamérica. Es una discusión que viene desde el siglo diecinueve y que fue retomada a mediados del siglo veinte por algunos autores, en particular por el historiador argentino Ricardo Levene, quienes han argumentado desde un punto de vista estrictamente jurídico que si se compara el estatus político y la autonomía de las divisiones administrativas del imperio español en sus posesiones de ultramar con el de las colonias de otras potencias europeas en América, la condición de Iberoamérica no era colonial.[3] Independientemente del estatus jurídico del territorio, en la práctica, la identidad cultural hispanoamericana es resultado de un proceso de colonización que comenzó a principios del siglo dieciséis. Fue un período en el que vencedores y vencidos forjan una nueva cultura, y en el que la perspectiva de los vencidos y sus descendientes ha sido sistemáticamente excluida.

Desde hace algunos años en el mundo de los museos en los Estados Unidos, Europa, y en menor grado en América Latina, ha surgido la clara necesidad de iniciar un proceso de descolonización expandiendo las perspectivas usadas para presentar e interpretar las colecciones y generar contenidos a partir de ellas. Las aproximaciones a este enorme desafío han sido varias y no han estado exentas de polémicas, en particular porque muchas colecciones, y la estructura misma de los museos, son resultado de visiones coloniales. Parte del problema reside en la tendencia generalizada en muchos museos con colecciones de arte del período hispánico de exaltar las conexiones de toda esta producción con España —y Europa en general— en detrimento de los aspectos relacionados con las culturas indígenas y africanas. Esta práctica contribuye a perpetuar la idea de que estas culturas locales están extintas y que sus tradiciones culturales han desaparecido. En general, se ha creado un sistema en el que las políticas museísticas y las prácticas institucionales funcionan como mecanismos que endorsan una visión eurocéntrica y colonialista de la producción artística. Adicionalmente, los museos con colecciones asociadas a historias de colonialismo, explotación, opresión, esclavitud, conversión forzada y genocidio, pueden ser sitios cargados de connotaciones negativas y dolorosas memorias para los descendientes de las comunidades colonizadas o desplazadas, en especial si dichos grupos son excluidos de las narrativas oficiales. Es por ello que hoy resulta imperativa la descolonización de los museos. Es un deber impostergable tratar con respeto, honestidad, sensibilidad, y voluntad de inclusión, las historias, las colecciones y los legados de la era colonial. Sin ánimos de suprimir el pasado o reescribir los hechos, los museos deberían presentar la historia de los lugares donde se produjeron los objetos y de la gente que los creó y usó, en lugar de mostrar la historia del colonialismo y de los colonizadores, como todavía hoy muchas veces sucede. Un buen lugar por donde empezar a descolonizar los museos es la terminología asociada a las manifestaciones artísticas resultantes de procesos coloniales. Es deseable una lexicología más incluyente y respetuosa que no lastre en ella el peso del colonialismo con toda su carga de injusticia y explotación. En el caso especifico de la América española —y sin pretender hacer de este ejercicio una propuesta definitiva— es quizás más respetoso hablar de arte del periodo hispánico, o en inglés “Spanish American Art”, una fórmula que, si bien sitúa a toda esta producción en el tiempo y la geografía adecuados, también va deslastrada del peso del pasado colonial—un gesto considerado para los colonizados y sus descendientes.

 

 

[1] Los argentinos Ángel Guido y Martin Noel se citan entre los primeros en proponer la idea de un arte mestizo, o mixto, como resultado del proceso de colonización europea. Algo más tarde George Kubler se inclina por el termino “criollo” y más tarde “híbrido”; en todo caso, son parte de una discusión mayor sobre la clasificación del arte del periodo hispánico. Ver Angel Guido, Fusión hispano-indígena en la arquitectura colonial (Rosario: Editorial "La casa del libro", S.A., 1925), 18ff.; George Kubler, "Indianism, Mestizaje, and Indigenismo as Classical, Medieval, and Modern Traditions in Latin America [1966]," en Studies in Ancient American and European Art: The Collected Essays of George Kubler, ed. Thomas F. Reese (New Haven: Yale University Press, 1985), 75.

[2] Annick Lampérière "El paradigma colonial en la historiografía latinoamericanista" Istor Revista de Historia Internacional 5, no.19 (2004): 107-28.

[3] Ver, Daniel Diego-Fernández Sotelo, “Apuntes sobre la historia política del periodo virreinal”, en Margarita Guerra y Denisse Rouillon Almeida ed. Historias paralelas: actas del Primer Encuentro de Historia Perú-México (Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial; El Colegio de Michoacán, A. C., 2005), 69-71; y Ricardo Levene, Las Indias no eran colonias (Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1951).