Dilemas éticos

Mayo 6, 2015

Soy amigo de Tania desde que ella era estudiante, y soy amigo de la Bienal desde su fundación. En ese sentido estoy en una situación bastante conflictiva e incómoda porque parecería que hay que elegir entre dos posibilidades: boicotear para apoyar a Tania, o apoyar a la bienal y con ello sacrificar una amistad.

Para empezar: boicotear a la bienal me parece un disparate. La Bienal de la Habana fue el primer foro que dio acceso independiente al arte del tercer mundo y sentó un precedente fundamental para los demás países en la periferia. Durante sus 30 años tuvo altibajos, pero siempre fue una institución abierta, autocrítica y buscando (mal que bien) mejorarse. Especialmente en la versión de este año, la Bienal parece tratar de reenfocar su misión, corregir una perspectiva que lentamente había permitido que la muestra se convirtiera en una actividad de turismo cultural que miraba hacia el mercado hegemónico, para retomar su función formativa local. Uno puede discrepar con la posición que el gobierno cubano tiene con respecto a la libertad de expresión, con como se controla la disidencia, con la definición cubana de democracia y, en general, con las desviaciones de la utopía prometida por la Revolución.  Pero de allí a tratar de eliminar la actividad cultural más abierta del país, la que sirve para esos diálogos que están por encima de la mezquindad de los bloqueos externos y de las represiones internas, me parece que solamente le puede servir a los extremistas fanáticos, dañar a los artistas y al público cubanos, y no tener mayor efecto político. Los propulsores de un boicot a la Bienal no tienen empacho en participar en las bienales organizadas en países tan o más represivos que Cuba (China, Turquía, Rusia,  Emiratos, para citar solamente algunos), cosa que le quita la seriedad a la propuesta.

Mientras que esto para mi es algo relativamente claro, es cuando una situación represiva cae sobre una amiga en donde las cosas se complican. Cuba, al ponerse en una posición de legalismo extremo, seguramente manejó la situación con torpeza. Pero con todo, hay que reconocer que Tania no está presa y que parece que puede circular por la Habana por lo menos al punto de visitar a Danilo Maldonado (El Sexto), un artista grafitista que está en la cárcel por “vandalismo”. Pero aparte de esto, en un comentario reciente en Facebook, Deborah, la hermana de Tania, cuenta las dificultades que Tania tuvo para presentar su performance en la bienal de 2009. Tuvo en ese entonces intercambios con las autoridades de la Bienal que aparentemente fueron extremadamente duros, al punto de ser amenazada con represalias. Eso indicaría que su intento de repetir el evento en diciembre del año pasado fue menos ingenuo de lo que pareciera inicialmente, y que las consecuencias de su proyecto eran relativamente previsibles.

Esto nos presenta otra serie de problemas, que se refieren a cuánto poder tenemos como artistas individuales, dónde está el límite entre una causa política colectiva y un martirio individual, y cuál es la diferencia entre la elección del martirio y el uso de un individuo como símbolo político. Desafortunadamente no hay categorías nítidas en esto. Como artistas somos bufones de la corte, destinados a una función doble y contradictoria de desafío y de servicio. Enfocado exageradamente en la individualidad y mal administrado, esto nos lleva a ejercer el desafío en puntos estratégicamente inútiles, y a servir causas que no necesariamente queremos servir.

En un paso brillante, Tania ahora, desde su casa, está organizando un seminario de estudios del código penal cubano para analizar el contexto de su caso y el de otros. Quizás sea esta nueva “performance” de Tania la que le de una clara espina dorsal colectiva a su obra y la saque del marasmo de egos que estuvo generando y que diluyeron lo que pienso que seguramente era su verdadera intención.