Ejercicio y academia

Noviembre 3, 2014

El uso común de la palabra ‘ejercicio’ se reduce a una especie de terapia ocupacional para soportar la vida cotidiana. Las personas hacen ejercicio para “liberar estrés”, para “rejuvenecer”, para “estar en forma”. Al caminar por las calles de São Paulo o de Río no dejo de sonreír al ver personas entrando a las “academias” —así denominan los gimnasios allá— para hacer ejercicio. En un principio me reía imaginando la inversión del platonismo que tiene lugar cuando miles de personas levantan colectivamente toneladas de metal una y otra vez —imaginar los sólidos platónicos subiendo y bajando sin ningún propósito evidente. Ese es un chiste que me he visto obligado a explicar mil veces. Y a fuerza de explicarlo ha dejado de ser un chiste porque he ido entendiendo que ese ‘equívoco’ es un síntoma más de la enfermedad de la ‘vida cotidiana’.

Paradójicamente, la noción de ‘ejercicio’ puede abrir la posibilidad de propiciar otras formas de vida. Especialmente porque el ejercicio rompe las membranas que separan, por ejemplo, el trabajo del aprendizaje. Esto exige pensar la palabra en relación a la historia de sus usos. Entenderla como una suerte de tecnología crítica que puede ser aplicada en diversos ámbitos.

Por ejemplo, una pedagogía basada en el ejercicio invierte la relación con “el conocimiento”. En lugar de ser transmitido, es generado cada vez que alguien hace un ejercicio. Que el conocimiento sea generado y no transmitido tiene consecuencias sobre la arquitectura, la gramática y la política de la educación.  Y las tiene también sobre la economía y la propiedad del conocimiento.

La noción de ‘ejercicio’ de la que estoy hablando tiene un parecido de familia (Wittgenstein) con las propedéuticas de las escuelas filosóficas de la antigüedad tardía (cínicos, estoicos, y epicúreos) y con las reglas monásticas de la alta edad media. Repetir un ejercicio es un acto que genera conocimiento y que le da una forma al tiempo, es decir a la vida que pasa. En otras palabras hay un riesgo vital profundo porque en cada repetición del ejercicio se encara la posibilidad del fracaso. Cuando un monje copiaba un texto en su escritorio estaba haciendo un ejercicio. Y en ese proceso, que parece árido y repetitivo, hay un conocimiento que se genera, no sólo porque hay una nueva copia de un contenido, ni por la marginalia de la que ya se han ocupado tantos autores, sino porque en cada repetición se actualiza y profundiza una relación íntima entre esos contenidos, los materiales, las herramientas y el acto, en este caso, de escribir. Fue ese trabajo anónimo y colectivo el que construyo lentamente la noción de “página”, de “texto”, de “ilustración” y de “libro”.

Es interesante que en la mayoría de los programas académicos de arte continúe el curso de taller como columna vertebral. La genealogía del curso de taller se remonta a la Bauhaus, a los experimentos de William Morris y a la estructura medieval de gremios y cofradías, todas basadas en ejercicios. No se puede subestimar la importancia de la clase de taller en el desarrollo auto reflexivo y crítico del arte desde el siglo XX hasta hoy. Y subrayo el hoy porque en las últimas décadas el peso del pensamiento ‘teórico’ parece desestimar esa relación íntima de contenidos, materiales, herramientas y acciones. No deja de ser sintomático que los departamentos de teoría e historia del arte incorporen la arquitectura y la gramática académica de las ciencias sociales y no incorporen los procedimientos críticos implícitos en el ejercicio.

No estoy diciendo que una cosa reemplace a la otra. Por el contrario, creo que hay una oportunidad de una dialéctica en la que el ejercicio permite repensar las formas por las que circula el conocimiento. Pero para mantener una cierta dosis sana de pesimismo, la ventana de oportunidad es muy corta. Y ahí la escena de personas que entran a una academia para hacer ejercicio resulta bonita.