El balance correcto

Septiembre 29, 2015

En el nivel más básico, cualquier persona que trabaje en un museo intenta balancear el derecho de acceso de la audiencia y la necesidad de la institución de proteger sus obras de arte. En este momento en el que nos encontramos, creo que a todos nos ha consternado el saqueo (como ocurre en Medio Oriente, por ejemplo) y el vandalismo (importantes obras de arte se han convertido en fondo para selfies). De modo que, cuando afirmamos que el público tiene derecho a la cultura, parece haber una necesidad de ser más específicos sobre quién exactamente es ese “público” y cuánto debemos extender ese “derecho” a la cultura.

También creo que debemos aplicar la misma discreción a los archivos y los albaceas.  No siento nada más que respeto por las personas que representan y procuran esos patrimonios  (ya sea el pariente de un artista o alguien designado como albacea), y entiendo que se debe ejercer cierto control. El tema de la “explotación financiera” realmente no me preocupa. Siempre he tenido acceso a los materiales necesarios para mi investigación y, dada la naturaleza del proyecto en turno, a menudo se me ha permitido la entrada sin pago alguno. No obstante, no tengo problema con contar con un presupuesto para pagar licencias y cosas de esa índole si estoy preparando una exhibición, ya que los libros y los catálogos generan ganancias y también ayudan a aumentar el valor de obras pertenecientes a colecciones privadas. Lo que muchos ven como un obstáculo, yo lo veo como simple y llano protocolo que debe acatarse.

Es evidente que el ejemplo de Goebbels está cargado de asociaciones con la era nazi, y es inevitable que nuestra respuesta quede comprometida emocionalmente, de modo que no creo que nos ayude a entender todo lo que está en juego dentro del problema que buscamos abordar. Yo traería a cuento, por ejemplo, casos en los que el artista estipuló pautas que detallaban la manera en la que su trabajo y el archivo debían ser manejados. Alfred Hitchcock retiró de circulación varias de sus últimas películas porque sentía que sus contemporáneos no las apreciaban. Pienso también en casos más extremos como el de los escritores Mallarmé y Kafka, quienes dieron instrucciones específicas para que se destruyeran sus manuscritos. Claramente hay mucho que podemos recoger de casos como estos, especialmente en lo que concierne al derecho del artista a controlar la recepción de su obra. Sin embargo, lo que más me impresiona es la forma en la que el arte (y la poesía) logra sobrevivir el maltrato público o los deseos explícitos del artista para reaparecer de forma fresca con nuevas audiencias en contextos enteramente nuevos. Si lo pensamos, este proceso es muy misterioso (a falta de un mejor adjetivo) y, en un nivel más hondo, elude al mercado o a cualquier tipo de supervisión legal.