El futuro es una estación espacial

Noviembre 5, 2020

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Simón Vega, Tropical Mercury Capsule Crash Landing, 2015. Fotografía plata/gelatina sobre papel. 60 x 100 cm. Ed. 3. Imagen cortesía del artista.

Futuros Mundos

El futuro es un grano de maíz que se siembra, se sacrifica, se entierra vivo. El futuro es ese grano enterrado, ahora muerto, con promesa de vida y de multiplicar la vida.

El futuro, el pasado y el presente no existen en una línea, sino en un círculo que rueda, son ciclos que se engranan, se separan y vuelven a engranar no más adelante sino antes y después. 

El futuro está en el pasado. Los futuros están en los pasados. Los frutos de los múltiples pasados están en los múltiples presentes. El futuro está en otros mundos.

El futuro es un abanico de posibilidades, de deseos y miedos intangibles, una melodía espontánea que no se puede escribir, solo tocar. Es imaginar la melodía sin tener el instrumento. 

El futuro tiene mucho que ver con el tiempo y el espacio. Dentro del espacio entendemos que no solo se trata de diferentes futuros sino de los lugares que ocuparíamos en esos futuros.

El futuro es vivir el presente, pensar desde el presente hacia otro presente. El futuro es un lugar que podemos ver desde donde estamos, como ver a lo lejos un mirador en una montaña, podemos ver el mirador al mismo tiempo que podemos contemplar múltiples puntos de vista.

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Simón Vega, Mapas mentales, 2020. Anotaciones sobre futuros. Cuaderno.

El futuro está en el pasado.

Lo encontramos, como arqueólogos que excavan las ruinas de una misteriosa civilización oculta entre la selva, cientos de años después de su auge.

Entre exuberantes hojas tropicales, árboles con lianas, pájaros, insectos y pequeños mamíferos se asoma parte de lo que parece ser una torre arquitectónica semi enterrada, una derruida antena parabólica, un acceso circular por el que raíces y ramas se derraman. Es imposible captar las dimensiones totales de esta estructura. Por los montículos, ahora más claramente perceptibles, se adivina que no es una pirámide ni un complejo piramidal, sin embargo tiene ciertas semejanzas a aquellos hermosos dibujos de misteriosas ciudades mayas de Frederick Catherwood.

Nos adentramos por uno de los accesos que conectaban las secciones, ahora sumergidos por la exuberante vegetación.

Después de muchas semanas de exploración descubrimos que las torres cilíndricas son en realidad módulos de lo que ahora podemos vislumbrar como una gigantesca estación espacial.

Los módulos están identificados por pictogramas diferentes y también hay módulos en los que se reúnen todos los pictogramas sin jerarquia aparente; la arquitectura en red de la estación permite que eventualmente se agreguen nuevos módulos.

Los restos de ocupación encontrados dentro de los módulos nos permiten conjeturar que cada uno era habitado por un grupo diferente, que cada grupo se asociaba no por razas ni etnias, sino  por actividades y una filosofía de vida particular y que existían espacios comunes para la interacción de los diferentes grupos o tribus entre sí.

Cada grupo retuvo su lenguaje y costumbres, pero crearon una escritura pictográfica para la comprensión más allá de sus diferencias. No parece haberse instaurado un gobierno centralizado, solo una serie de reglas y límites para el respeto de las diferencias. Cada módulo una tribu, cada tribu una cultura, toda cultura tolerante de las demás. Esta es la información que dejaron de una forma u otra planteada en toda la estación.

No hay imágenes, escritos o representaciones de ningún tipo de lo que podríamos identificar como líderes, comandantes o dioses.

A pesar de la avanzada tecnología con la que contaban no encontramos restos de armas. Por otro lado encontramos muchísimos restos de lo que parecen ser instrumentos musicales, pequeñas salas de concierto y oratoria, así como talleres de creación artística, relieves con representaciones de grupos danzantes y celebraciones.

No encontramos clara evidencia acerca de la procedencia de los ocupantes. Las representaciones artísticas nos muestran seres humanos, humanoides, antropozoomorfos, zoomorfos y vegetales. Los colores fueron en su momento vívidos, intensos y contrastantes.

Después de casi 27 meses de exploración, reconstrucción y análisis exhaustivo de la estación, pudimos localizar y reactivar temporalmente la computadora central y los archivos históricos en ella guardada.

Encontramos evidencia no solo de armamento militar, sino de impensables armas de destrucción masiva que indican sin lugar a dudas que lo que hasta ahora se creía un mito ocurrió: hubo un tiempo en el que la vida de todo este planeta tendía de un hilo, de la resolución de las diferencias entre dos gigantes, uno de ellos rojo, otro azul, rojo y blanco. Estos gigantes eran en realidad dos naciones, las dos superpotencias que emergieron de un conflicto global aun mayor. Eran dos maneras opuestas de entender el mundo y la vida, dos sistemas antípodas e intolerantes que hicieron que la multiplicidad de ideas, culturas, mundos y futuros dependieran de las tendencias, antojos y tensiones de estas dos superpotencias. Durante casi 4 décadas el mundo entero estuvo a merced de estos dos gigantes, de sus intrigas y las guerras que causaron en todas partes. En la región conocida como Centroamérica, un paraíso tropical privilegiado, el puente entre un continente y dos océanos, la guerra civil y la guerra o competencia espacial conocida como ‘La Carrera del Espacio’ confluyeron misteriosamente para generar una última gran utopía, la estación espacial.

Aún no entendemos tantas cosas, queda mucho por descubrir, pero sabemos que hubo un pasado de deshumanización, un periodo en el que los humanos amenazaron a toda la vida y al planeta mismo, por imponer una ideología sobre otra, por el ansia de poder. Sabemos que su gran arma fue el miedo, si bien la amenaza nuclear fue siempre una realidad, fue la paranoia, la intolerancia y el miedo lo que separó a los seres humanos y dentro de esa catastrófica época fue la única construcción que sobrevivió y mantuvo a flote a la humanidad al articular sus diferencias.

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Simón Vega, Palm 3 World Station, 2020. Madera, lámina metálica, materiales encontrados, luz, humo, plantas vivas. Dimensiones variables. Festival Coachella, Indio, California. Foto: Heinz Köbernik.

¿Qué mundos debemos imaginar?

Debemos imaginar mundos mejores sin pensar si serán posibles, esa es la importancia y la libertad de la imaginación. Imaginar utopías imperfectas, mundos que no entendemos, sin prejuicios ni expectativas, donde vivan seres asimétricos, sin materia, sin referencias a nuestro mundo natural. Debemos imaginar mundos dentro de otros mundos: el mundo de los insectos, el mundo de las rocas, el mundo en las profundidades más hondas de nuestros océanos y de nuestras almas. Debemos escucharlos, leerlos, tratar de entenderlos, asimilarlos, traducirlos. Los únicos mundos que vale la pena imaginar son los que no son el propio, los que no hemos visto o no hemos podido penetrar.

Siempre he pensado en el tercer mundo como otro planeta. Lo más sorprendente es que no solo no se necesita salir de la Tierra para tener la experiencia de habitar muchos mundos, no se necesita ni siquiera salir del mismo país. Hay mundos prácticamente inaccesibles para el otro. El primer y el tercer mundo pueden existir dentro de una ciudad a pocas cuadras de distancia. ¿Cuántas exclusivas residenciales cerradas no están flanqueadas por densas y pobres zonas marginales? Esos son otros mundos también.

Debemos imaginar muchos mundos, como si fuéramos otra persona, imaginar los mundos que no son nuestros y el nuestro en diferentes dimensiones, pero lo más importante es poder imaginar mundos abiertos a la pluralidad de otros mundos, a otras concepciones de lo que es un mundo y que estas sean vistas con igual valor. Debemos imaginar mundos en los que la tolerancia y el respeto mutuo permiten la interacción y el intercambio. Esos son los más impensables: mundos tolerantes, regenerables, flexibles, con cabida para otros mundos.


Simón Vega (1972) crea dibujos, objetos, instalaciones esculturales y happenings inspirados en mercados populares, en la arquitectura informal y en los puestos de venta ambulantes que se encuentran en las calles y playas de Centroamérica. Estos trabajos, ensamblados con materiales y métodos de construcción usados en la arquitectura informal, son parodias de pirámides mesoamericanas, edificios Modernistas, sistemas de vigilancia urbanos, así como sofisticadas y futuristas cápsulas espaciales desarrolladas por la NASA Y el Programa Espacial Soviético durante la 'Carrera Espacial', creando una irónica y humorística fusión entre primer y tercer mundo, a la vez que comenta acerca de los efectos de la Guerra Fría en El Salvador contemporáneo.

Nacido en San Salvador, El Salvador, Simón Vega obtuvo una Licenciatura en Artes Plásticas por la Universidad Veracruzana en México (2000) y una Maestría en Teoría y Práctica de las Artes Contemporáneas por la Universidad Complutense de Madrid (2006).


Notas para una Horizontal-ismo: Hacia la posibilidad de construirnos juntos en un ensamblaje, es un proyecto que responde a nuestras muchas emergencias. Como la creciente incertidumbre de habitar un mundo en crisis amenaza nuestra existencia en el futuro, esta iniciativa editorial busca contribuir a la construcción de un pluriverso desde la perspectiva del arte latinoamericano.