Es preciso oír el acento de los trópicos

Julio 9, 2015

Veo con cierta preocupación el uso creciente del término “tropical” en el campo del arte contemporáneo, principalmente cuando se usa para designar la producción de determinada región del mundo. El primer problema, menos grave y más obvio, es asociar trabajos artísticos al clima de los lugares donde viven sus creadores. Menos grave, y que llega a ser gracioso, por el determinismo allí implícito y por las supuestas características de la producción que justificarían esa asociación –colores cálidos, iconografía alegre, entre otros lugares comunes. Bastaría pensar en la densidad de las obras casi negras del brasileño Oswaldo Goeldi, o en las obras casi blancas del venezolano Armando Reverón, para desmoronar, aún dentro de la producción moderna del continente latinoamericano, esta idea débil y superficial de lo que sería arte “tropical”.

El segundo problema con este uso del término –y desde mi punto de vista el más grave– proviene de que el término “tropical” y otros términos afines, tienen usos específicos y ya cristalizados en la historia cultural y artística brasileña de las últimas décadas. Solamente para citar los más conocidos:

  1. En 1967, Hélio Oiticica exhibió por primera vez la obra Tropicália, elemento decisivo del “programa ambiental” que desarrollaría hasta el fin de su vida. Oiticica siempre reaccionó contra lecturas ilustrativas de los tópicos abordados en Tropicália, insistiendo en los elementos emancipadores de su trabajo.
  2. Entre 1967 y 1968 estalló el Tropicalismo, movimiento musical cuyo nombre se inspiró en la obra de Oiticica y que estaba integrado, entre otros, por Caetano Veloso, Gilberto Gil, Tom Zé y Os Mutantes. El Tropicalismo mezclaba elementos locales y de otros lugares, desdibujando las fronteras entre lo nacional y lo extranjero.
  3. En 1966, Gilberto Freyre crea el “Seminario de Tropicología”, espacio de reflexión hacia donde convergirían, a lo largo de las décadas siguientes, esfuerzos por comprender el Trópico brasileño a partir de la conexión de diversas disciplinas, desde una perspectiva no eurocéntrica.

Usar el término “tropical” sin que dialogue críticamente con estos usos y saberes es, justamente, ignorar parte relevante de la historia cultural y artística del territorio que se quiere presentar. O, lo que es peor, simplificar una historia compleja para insertarla, ahora banalizada, en un mercado siempre interesado en supuestas novedades. Para ser fiel a la historia se precisa cuidado y atención al usar el término.

En el mundo contemporáneo, donde hay un creciente y articulado esfuerzo político para desnaturalizar discursos artísticos (contraponiéndose, así, a la voluntad simplificadora del mercado), es necesario entender el arte “tropical” como un arte que expone y critica estereotipos, y no que los refuerza, como tantas veces ocurre. Como un arte que habla desde una posición determinada del mundo, mostrando un acento que, en su singularidad, muestra la historia de contaminaciones, subordinaciones y emancipaciones a las que los pueblos que viven allí han estado –y aún están– expuestos. Y no solamente estos, pues los Trópicos, como el Sur de Torres García, pueden también estar en otras latitudes del mundo.