Formas de vida ininteligibles

Octubre 23, 2020

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Oscar Gardea, Fariseo (Cucurpe/Sonora), 2019. Imagen cortesía del artista.

Aunque nos encontramos frente a la concepción de un futuro irremediablemente dañado, incluso en estos rincones rapaces del mundo sabemos que la noción sombría conocida como el fin del futuro es, de hecho, reversible.  

La manera de comprehender el “tiempo” varía ya que las promesas que acarrea concatenan distintas relaciones con la violencia. Venimos de un lugar en el que la guerra y el conflicto de baja intensidad, que provienen tanto del poder del narco como de la precarización/ criminalización de la clase trabajadora, se han convertido en una excusa para implementar acciones legales y militares dirigidas a la extinción social. Por eso, en un estado de excepción como el de Ciudad Juárez [1], la supervivencia y la prosperidad social requieren de formas alternativas de protección y de escape.

Al trabajar desde el norte de Latinoamérica y valiéndome de ser esquivo, mi obra se cruza con la vida mediante formas de opacidad.  Esto me permite, a mí y otros como yo, navegar la voraz región subterránea del desierto y los territorios áridos de Chihuahua, un estado fronterizo y sin fronteras.

Un uso desviado de mi formación en servicios de inteligencia, estudios de defensa, contrainsurgencia y técnicas de interrogación me permite navegar las complejas ontologías fronterizas de este laboratorio necropolítico. Invoco y empleo fallas y prácticas de interrupción conocidas como cripsis, que son técnicas de mitigación empleadas por los habitantes de la frontera, incluido el narco, para despistar. Cripsis no es un giro sofisticado en nuestros patrones de comportamiento, sino que emerge como una manifestación discreta de la opacidad entretejida en nuestra cotidianidad. Aparece, por ejemplo, en el uso de lenguajes caló que es jerga encriptada [2]. A pesar de la sutileza de la cripsis, esta técnica contiene un potencial emancipador para existir en condiciones de fugitivo o delincuente, por un lado, y, por el otro, en ejercicios prosaicos y cotidianos de formas porosas de personalidad destinadas a ser incapturables dentro de un paisaje depredador.

En este ecosistema, el narco conlleva formas de ruptura con la categoría criminal, que se abre hacia una cosmovisión opaca de escapismo y engaño. México empezó la guerra contra el narco en 2006 y, desde entonces, se han exterminado 80,000 vidas, particularmente en Ciudad Juárez, en donde más de 25,000 vidas fueron, y siguen siendo, desgarradas y disueltas. El daño colateral irreversible de estos excesos es la explotación de bosques y áreas rurales en el norte de México, donde las desapariciones forzadas, las fosas clandestinas y la disolución de cuerpos con ácido nítrico liquidan el fantasmagórico estrato social a una acelerada velocidad. Vemos a las circunferencias de las periferias cerrarse frenéticamente hacia el centro. De pronto, y demasiado tarde, las progresiones espectrales se repiten como si el acto de matar fuese una nueva experiencia compartida que se vive en los centros. Lo que queda es la narcoestesia, la anestesia de los vivos en nuestra incapacidad de prevenir los asesinatos y la aniquilación del ecosistema.

La imagen en Fariseo retrata un ritual que atraviesa por una hibridación del narco con tradiciones espirituales/folklóricas influenciadas por la cultura slasher. Los fariseos son sujetos que adoptan el papel de chivo expiatorio cristiano/presencia diabólica, convirtiéndose así en una fuente de disturbios durante la temporada sincrética de la Pascua. Al final del proceso, los fariseos queman sus máscaras y con ellas los pecados del pueblo, purificando las experiencias compartidas. La presencia diabólica-espiritual ahora ubicua del fariseo, al que también vemos en las aprensiones o ejecuciones de los capos, expía al pueblo de la violencia sistémica.

Desde la zona fronteriza, las fronteras epistemológicas y geográficas se viven en distinta medida. La cancelación continua de la vida en los márgenes no solo se debe a la difícil interacción entre el paisaje y el territorio geopolítico, sino que es también resultado de las profundas historias de colonización. O, más bien, las trampas de la vida. El imperativo colonial de nombrar y categorizar al mundo restringió toda vida a una serie de funciones estrictas construidas alrededor de la jerarquización de las especies, que en última instancia ha disminuido las posibilidades fuera de esas demarcaciones. La necesidad de los centros de reducir los paisajes desmedidos a una categorización material nos ha impuesto a los terranos, además de los márgenes, un conjunto finito de relaciones. Estas circunscripciones han establecido una sensación de finitud artificiosa al castigar la filtración, el escape y otras fisuras de resiliencia. Los límites transferidos de los ríos que alimentan la vida a los monumentos sintéticos sirven a la hegemonía para probar la inferioridad de un sujeto, haciendo inhabitables para fines de dislocación humana a los ecosistemas que actúan como barrera. La narrativa de los límites impuestos por las divisiones sociales, orgánicas y políticas se multiplican de manera que las fronteras líquidas ahogan/drenan a los sujetos que intentan traspasar sus bordes. Actualmente, en una expansión invertida -una regurgitación poscolonial- el futuro, en su intento por escapar al yugo de la modernidad, le pertenece a aquellos dispuestos a cruzar las fronteras, no a quienes las defienden.

Frente a la aparente imposibilidad de borrar los límites, fronteras y aristas que nos organizan socialmente, estas codificaciones dispuestas por la empresa colonial suceden a través del tiempo y funcionan como arma instrumental de la modernidad. Sin embargo, es posible volver a aprender cómo derribar los múltiples paisajes temporales que unen a todas las formas de vida -animal, vegetal, humana, mineral y artificial- hasta hacerlas inservibles, al subvertir las dimensiones espaciotemporales que se mantienen en el momento presente. Liberar todas las formas de vida secuestradas en el aquí y el ahora requiere prosperar en la oscuridad. La cripsis como fuerza es capaz de superar la transgresión al subvertir la concepción neoliberal de “cuerpos criminales”.

Mientras enfrentamos la fuerza transgresora del virus COVID-19, una de sus intrigantes características es su ininteligibilidad, lo que comprueba que su efectividad globalmente disruptiva radica precisamente en el reino críptico en el que opera: es decir, en nuestra inhabilidad de ver o percibir amenazas no visuales, ya sean líquidas, gaseosas, transparentes o microscópicas. De hecho, la capacidad infecciosa del virus es un testimonio de una normalidad inexistente. La cripsis, en su inherente ininteligibilidad, se convierte en la encarnación perfecta de una temporalidad no violenta. Es decir, prácticas estéticas de clandestinidad que abren paso a una diversidad profunda, incluso en sus procesos de denominación. En ese sentido, y siguiendo la lógica de este virus ininteligible, aceptamos la opacidad y la subversión mediante la cripsis ya que ésta, a su vez, es también un poderoso mecanismo de defensa para mitigar estéticamente la transgresión dentro de las entrañas de un estado de excepción aparentemente permanente.

Como artista, puedo relacionar esto con nuestra práctica en Ciudad Juárez de un tiempo para acá, en cómo usamos estos espacios de transformación, entre la visibilidad y la invisibilidad. La cripsis y la invisibilidad nos ayudan a interrumpir el orden asimétrico de la cultura, donde los mediadores y los interlocutores encontrarán un archivo de conocimiento minado. Este es el primero de muchos pasos hacia la recuperación de la dignidad de nuestros espacios mediante el cuidado y la sanación. La misión en esta detonación no es destruir el archivo de los márgenes sino garantizar la posibilidad de vida subterránea a través de entender más que de saber, en el aquí y el ahora, en el pasado ancestral y hacia adelante. En otras palabras, contra el ímpetu especulativo, permanecer visualmente antiviral pero invisiblemente expansivo.


Oscar Gardea (Ciudad Juárez), A.K.A. The Infected Tâm Liêu Âm, universalista particular. Figura esquiva que trabaja desde el norte de Latinoamérica en la intersección del futuro, defensa y análisis estratégico, inteligencia en conflictos de baja intensidad y ontologías fronterizas, considerando el uso de la opacidad en el subterráneo depredador. Realizó un doctorado bajo la tutela de Achille Mbembe sobre el fenómeno del narcofuturismo, examinando la expansión de una soberanía de ley ilegal paralela sobre formas de vida animal/humana, vegetal/ forestal y mineral.​


Notas para una Horizontal-ismo: Hacia la posibilidad de construirnos juntos en un ensamblaje, es un proyecto que responde a nuestras muchas emergencias. Como la creciente incertidumbre de habitar un mundo en crisis amenaza nuestra existencia en el futuro, esta iniciativa editorial busca contribuir a la construcción de un pluriverso desde la perspectiva del arte latinoamericano.


[1] Siguiendo el concepto de Walter Benjamin de “estado de emergencia” que Agamben interpreta como “estado de excepción”, Achille Mbembe sugiere que es se trata del conjunto de condiciones que se establecen a través de la hegemonía en eventos contingentes en los que la soberanía opera a través del cuerpo social so pretexto de la seguridad y el cuidado, pero en realidad instaura prácticas militarizadas que sofocan los derechos humanos y, con el tiempo, se normalizan. Véase, Achille Mbembe, Necropolitics (Duke University Press, 2019).     

[2] Caló son variaciones de las lenguas coloniales heredadas que, en conjunto, son consideradas la lengua que utilizan los delincuentes o los habitantes indeseables de las clases bajas para conversar entre sí. En este contexto, el caló, específicamente en Barrio Bellavista, se utilizó en prácticas tempranas de contrabando y se anticipó a las comunicaciones de ondas de radio paramilitares que usa el narco.