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Octubre 9, 2014

Para la industria del arte, parece una necesidad que todo lo que toque se convierta en un blockbuster. Así, llegamos a querer que la crítica sea un éxito para el público y una referencia obligatoria para la multitud desorientada que revista en las ferias. Pero la crítica de arte es apenas un género: le piden que llene los estadios del arte contemporáneo que, ya colmados de gente y sponsors, todavía necesitan textos largos con mucha jerga académica. ¿Eso es la crítica? ¿Algo que ocupa un lugar en un sistema? ¿Que podría ocupar un lugar aún mayor si aparecieran inversionistas?

Puede haber muchos autores y revistas desperdigados en Latinoamérica (Caín, El Flasherito, Tatuí, Artishock me vienen a la mente), y para la industria del arte seguir teniendo sabor a poco. Sin embargo, pocas cosas en el mundo necesitan gozar de la popularidad de Acapulco para ser mejores; y la efervescencia de profesionales que escriban sobre arte, para la crítica como género sería la manifestación lateral de una desgracia. Confundir un objeto con sus características medibles es cometer un error; confundir una tradición intelectual con su acceso a los suplementos culturales de los diarios, las listas de libros más vendidos y el calendario de conferencias de los museos es cometer el mismo error.

Los críticos que siguen siendo leídos (alcanza con pensar en la reciente recuperación de Clement Greenberg) lo son por lo que permanecía oculto en sus libros, más que por el espacio profesional que hayan detentado dentro del sistema del arte. ¿Ya no queda nada por leer en Oscar Masotta, en Mário Pedrosa? La crítica de arte permanece viva, o no, de acuerdo a la magnitud de los objetos que enfrente o construya. Su relativa ausencia de las redes profesionales de la industria del arte es una ventaja. (Su némesis, este sí ubicuo, es otro género: la gacetilla de prensa.) La crítica sigue su camino enmascarada, lejos de los latiguillos en inglés presentes en cada minúscula cosita que hacen las ferias, los museos y las universidades en Latinoamérica (project room y conversation program, por ejemplo), como muestras gratuitas del vocabulario angloparlante de mil palabras, siempre novedoso y siempre igual, de los rastacueros de todas las épocas.