La cultura, como el pan

Septiembre 29, 2015

Creo que el mundo es bello
y que la poesía, como el pan, es para todos.

          –Un extracto de “Like You” de Roque Dalton. Traducido por Jack Hirschman

Para empezar a indagar sobre “el derecho que el público tiene sobre la cultura”, primero debemos refinar las miras de las palabras “público”, “derecho” y “cultura”. En función de este ensayo breve, exploraré la relación de estos términos con mi aserción: el derecho que el público tiene sobre la cultura es el derecho a responder a ella, y esta misma respuesta contribuye a lo que la cultura es.

Desde gente con influencia en las redes sociales hasta guerreros de la justicia social, el “público” es más que una multitud acurrucada que crea mercados sin sentido de y para el consumo. Armado con apps, dinero en efectivo y hashtags, el público ejerce su poder a través de la diseminación de información. Desde reseñas de productos hasta tutoriales en blogs, el público hace y marca la pauta para los temas de nuestro tiempo, creando cultura mientras responde a ella.

El acceso privilegiado a las herramientas de creación y a la audiencia definió a los creadores de cultura de otras generaciones. Por ejemplo, para ser un pintor reconocido (y, por lo tanto, un proveedor de cultura) se requería no solo de recursos como pinceles, pigmentos y lienzos sino de la aprobación de una audiencia de arte con autoridad para crear valor. La pintura resultante existe dentro de un zeitgeist cultural que a su vez está informado por estilos, códigos, creencias, etcétera, y, por lo tanto, está influido por la misma cultura a la que pretende representar. De ese modo, la pintura es una respuesta a la cultura, al mismo tiempo que la personifica y contribuye a ella.

Tal y como ahora entendemos ese derecho, el “derecho” del público a una pintura resultante es ver esa pintura en un museo (después de pagar admisión o esperar un día de entrada gratuita), y quizás tomarle una fotografía, comprar una postal de la misma o leer algo sobre ella. Es importante notar de qué manera ejercer este “derecho” ha evolucionado en nuestra actual era de creación cultural participativa.

Si la experiencia de ver una pintura es subjetivamente “valiosa” para el público, entonces este tendrá un deseo cada vez mayor de responder a través del medio que tenga disponible. Quien ve un cuadro puede escribir un poema o una canción sobre él, o puede pintar su propia versión de la imagen o incluso criticarla. Hoy en día, la respuesta más común sería una entrada en un blog, un tuit o un post de Instagram, que después estarán disponibles a una audiencia irrestricta. Esa respuesta a la pintura original incrementa el impacto cultural de la obra, aunque solo sea por grados minúsculos.

Si un artista o su albacea  limita o rescinde el acceso a su obra, el derecho (¿o la responsabilidad?) del público, tal y como yo lo veo, es responder o entrar en un diálogo con la obra y participar en su creación cultural. Los archivos de los museos están llenos de obras que jamás han sido exhibidas; si el albacea de un artista retira el cuadro, entonces habrá otros que ayudarán a fomentar la cultura. En vez de temer la desaparición de la cultura, quizás debamos aceptar las oportunidades que los creadores culturales apenas representados tienen para granjear visibilidad y entrar al diálogo.

Ahora me gustaría regresar a la cita de Dalton que aparece al principio de este ensayo, “la poesía, como el pan, es para todos”, para enfocarnos en la palabra “para”. Las herramientas para participar en la cultura jamás han sido más accesibles, haciendo que la poesía (y sus parientes culturales) sea auténticamente para todos: para que todos la lean, la escriban, la investiguen, la discutan y la descubran. Al hacer esto, el público ejerce su derecho inalienable a la cultura, al responder a ella.