La potencia de la pluralidad

Julio 6, 2016

Todo museo monográfico es propenso a la hagiografía y a la fetichización. Por ello, cuando inicié mi trabajo como director de la Fundació Antoni Tàpies (1989-1998), me pareció evidente la necesidad de analizar la pertinencia y el interés que un centro que se constituía a partir del trabajo de un único artista podría tener para una ciudad. En este caso se trataba además de una institución que iba a albergar su colección particular, aquellas piezas que Tàpies había conservado a lo largo de su vida o recuperado en compras posteriores con el fin más o menos consciente de mostrarlas en un espacio que llevase su nombre. 

Barcelona careció de un museo de arte moderno o contemporáneo hasta avanzado el siglo XX. El denominado Museu d´Art Modern de Catalunya era en realidad una entidad dedicada al Modernisme catalán, y su colección concluía justo cuando debían empezar las vanguardias. Ese vacío solo se palió por iniciativa de algunos artistas o allegados suyos. En 1963, por ejemplo, se inauguró el Museo Picasso a instancias de Jaume Sabartés; en 1975, los esfuerzos de Joan Miró por construir un lugar que a la vez promoviese el arte contemporáneo y acogiese su legado artístico tuvieron sus frutos. A ellos se unió Tàpies en 1984, marcando un período histórico de la ciudad. Estos tres centros monográficos se constituyeron––con todas sus limitaciones y contradicciones, que no son sino las propias del país––en el verdadero museo de arte moderno de Barcelona. La Fundació Antoni Tàpies, que abrió sus puertas en 1990, se inscribió en esta tradición y adquirió su sentido, sobre todo, al impulsar una dimensión crítica y reflexiva sobre su papel en el entorno en el que se ubica.

El trabajo desarrollado por la Fundació en los veinticinco años de su existencia avala la conveniencia de su creación y, a pesar de las dificultades económicas por las que (al igual que gran parte de las instituciones artísticas españolas) ha tenido que atravesar en los últimos tiempos, podemos decir que su actividad no solo es sostenible sino parte integral del imaginario de la ciudad, y ha sobrevivido a la dura prueba de la muerte de su fundador. Ahora bien, este modelo no es aplicable sin más a cualquier otro tipo de artista o colección. Sabemos que bastantes museos monográficos o sedes concebidas para mostrar una colección determinada no siempre han cosechado el éxito que sus propulsores hubieran deseado. Ello no necesariamente tiene que ver con la calidad de una obra o conjunto de obras.

Durante casi dos siglos el museo de arte tuvo un carácter enciclopédico, buscando establecer el canon y explicar la totalidad del conocimiento en sus diferentes facetas y manifestaciones. En ese contexto, los museos monográficos o las colecciones privadas con vocación pública suponían un complemento a esta visión. A los primeros se les concebía más como casas-museo que como centros de arte en sí mismos, mientras que las colecciones particulares se miraban también en el espejo de la enciclopedia, como en los casos de la Frick Collection o la Hispanic Society of America en Nueva York. Esta última se circunscribía al mundo hispánico, pero se movía por la voluntad de acumular todo tipo de manifestaciones artísticas o populares––desde vidrios romanos hasta la pintura paisajista de finales del siglo XIX y principios del XX––y obtener así un conocimiento ecuménico de la Península Ibérica.

En la actualidad, el conocimiento enciclopédico es, sin embargo, inconcebible. En un mundo regulado por el hipertexto, las imágenes y los relatos se generan sin cesar y de un modo instantáneo. La totalidad es ahora inabarcable y la acumulación de un acervo material no es tan relevante como lo fue en otras épocas. Tampoco lo es competir para alcanzar una posición privilegiada en un supuesto ranking de las entidades con mayor patrimonio. No existe ni un museo ni una colección sin unos públicos que hagan suyas las obras que éstos custodian; ya no es esencial tener acceso a una historia única, sino generar narraciones, comunidades y afectos. Quizás las pequeñas colecciones, aquellas centradas en aspectos muy concretos, enraizadas y localizadas en lugares y situaciones determinadas, tengan hoy más sentido que nunca. En algunos casos, es preferible que éstas conserven su propio carácter; en otros, que se integren en un organismo más grande. No obstante, solo adquieren su razón de ser cuando interactúan con otras instituciones, compartiendo información y criterios, ordenación y estructura, complementándose e interpelándose en un ámbito común, que es siempre específico. El mundo del arte es un ecosistema en el que organizaciones de índole y naturaleza diversas tienen un papel importante. Su pluralidad es nuestra riqueza.