Las utopías están destinadas a fracasar

Junio 9, 2014

No estoy seguro de que la estrategia de lo "abstracto" y "conceptualista" se puedan unir en un nuevo canon único (extraños compañeros de cama, esos dos), pero felicitaciones a los que están llenando los vacíos en el registro histórico. Me sorprende, sin embargo, que la gente se olvide de que la innovadora revisión democrática Art in Latin America [Arte en América Latina (1989)] que Dawn Ades publicó en el inicio del "boom " del arte latinoamericano, incluyó un excelente ensayo de Guy Brett, en "Un salto radical": Soto, Pape, Clark, Camargo, Goeritz , todos están ya canonizados. Al mismo tiempo, me aburre la retórica del "este o aquel", los cambios vertiginosos del péndulo y las condenas de los artistas en particular. Soy bastante católico en mis gustos: durante mis años como curador, el Museo Davis de Wellesley ha adquirido el arte "cool" de América del Sur, como un Tecelar de Lygia Pape, así como arte mexicano “de moda”, como gouaches de María Izquierdo y muchas otras obras que no se ajustan a ningún canon establecido. Hubiéramos comprado un gran y glorioso Soto (en lugar de un pequeño múltiple de 1966) si hubiéramos podido pagarlo (y lo mismo habríamos hecho con un Kahlo). En lo que a mí respecta, hay suficiente espacio en la mesa para cada lenguaje estilístico y enfoque teórico que los latinoamericanos tienen que ofrecer (incluyendo los " fantásticos"). Lo que me preocupa es que cuando se lleva al extremo este intento de demostrar que América Latina es "progresista , desarrollista y optimista" (¿y nada más?!) conduce a (1) la inflación de muchas obras abstractas de segunda categoría (hubo un montón de pintores figurativos de segunda categoría en el México posrevolucionario, pero al menos no están sobrevaluados) y (2), y más preocupante, un tipo de limpieza estética que es muy conveniente para las empresas e instituciones poderosas, para regímenes autoritarios y para los coleccionistas a quienes no les gusta que les recuerden a sus empleadas domésticas y a sus jardineros. La condición humana es a menudo incómoda y sucia (la raza, el sexo y, sobre todo, la clase, aún importan, después de todo), por bien que nos vistamos y por más que decoramos nuestros aeropuertos. Al igual que las supercuadras de Brasilia o los multifamiliares de Tlatelolco, hay un "purismo " (¿o puritanismo?) por ahí que niega el desorden y hay voces provocadoras o molestas que nos obligan a poner los pies en la tierra; por todas partes y siempre, las utopías están destinados al fracaso. Y, por cierto, no tengo temor a la marginación: ¡nunca se verá una cola de gente esperando para ver una exposición de Tomás Maldonado!