Ocio y Negocio (Leisure and Business)

Septiembre 2, 2014

Ahora es común encontrar artículos en publicaciones orientadas hacia los negocios en los que se equiparan los programas de Maestría en Arte con las Maestrías en Administración, se incita a pensar que el título universitario de M.F.A. (Master of Fine Arts) es el nuevo MBA (Master of Bussiness Administration). Los astutos articulistas lanzan cifras y estadísticas que muestran a grandes líderes de los mayores emporios globales señalando que la habilidad más importante para navegar este mundo complejo, volátil e incierto es, adivine usted, la creatividad. La  imagen sesgada del artista como chamán, paria, rebelde y soñador pasó a ser la de un sapito encantado a la espera del beso del mercado laboral para convertirse en un príncipe azul: constructor, ingeniero, analista, experto en relaciones humanas, productor de proyectos, experto en comunicaciones, diseñador, estratega o vendedor. A todo eso se suma su capacidad de adaptación; los artistas, más que nadie, son capaces de trabajar en las más variadas labores y ámbitos, son visionarios, arriesgados, apasionados por lo que hacen, y además son maestros del doble sentido, de la ambigüedad, mientras la moda viene, ellos ya han ido y vuelto. Los artistas son las personas propicias para reemplazar a ese cuerpo laboral que se acerca al ocaso de la jubilación y que nunca pudo ir más allá del moto empresarial del “think outside of the box”.

El vehículo del mercado logrará hacer realidad lo que todas las vanguardias artísticas apenas soñaron. Desde la cadena de producción imitativa del estudio de Rubens hasta el mito creativo de la Escuela de la Bauhaus, desde los experimentos del Black Mountain College hasta la apertura de la Universidad Libre de Beuys y Böll, desde la pedagogía de Dewey hasta el Maestro ignorante o Los espectadores emancipados de Rancière, la carta del arte ha sido determinante para repensar la utopía. En el pasado el mercado liberó al arte de la Iglesia y del Estado, ahora el mercado será la vanguardia capaz de lanzar el arte desde la cuna a la escuela y de ahí a la empresa, la fábrica y la oficina. El supermercado humano hará uso del artista, un artista que ya no apela a su talento sino a su actitud. El moto de “todo hombre es un artista” deberá bastar para iniciar esta revolución tendiente a toda una deconstrucción profesional.

Por fortuna, el arte es tantas cosas que incluso puede no ser una profesión, su práctica, como ocio, es la antítesis del negocio. Un sistema educativo del arte debe garantizar, sí, que los estudiantes que lo quieran puedan sentirse muy profesionales y profesar su saber según cualquier tipo de rigor, ya sea académico o laboral, pero jamás abandonará su dosis regular de homeopatía escéptica, goticas de duda lingual y tiempo libre para ese aprendizaje invisible que es la agenda oculta de sus miembros, los artistas, los  inútiles, los imprescindibles.

“Solo soy un respirador […] Solo soy perezoso”, decía un tal Marcel Duchamp.