Porque en la práctica, la teoría es otra

Septiembre 2, 2014

Más que ofrecer respuestas a las preguntas de Luis, lo que puedo hacer es añadir un par de nuevas viejas cuestiones. Por ejemplo, al suponer que el arte sigue siendo un "elemento superfluo" en la educación, ¿por qué no quitarla como disciplina del plan de estudios? ¿No sería más digno simplemente eliminarla? Si no sirve para nada, ¿qué intereses tienen los sistemas escolares y el estado en mantenerla como disciplina? ¿Sería eso un acto de sabiduría, pereza o ignorancia? Y en otro ámbito: ¿por qué y para quién las escuelas de arte existen?

Antes de tratar de contestar, sin embargo, reconozco un primer problema: mi dificultad en pensar en términos de arte-educación. Tiendo a creer siempre que el arte-educación no es ni arte ni educación, sino un sistema incorporado en el que pusieron a una y a otra sin su consentimiento, en el que el arte se vio obligado a ser educación y ésta a ser arte, corriendo el riesgo de no ser ni una cosa ni la otra, sólo la simulación de la suma de los dos. O sea, un tercer lugar tan específico que, en vez de generar pensamiento crítico y proponer nuevas dimensiones políticas a las esferas del arte, la educación y la vida, se ha trasformado en algo autosuficiente, insular e inútil, lo que refuerza aún más el carácter accesorio del arte como pensamiento en el contexto educativo. Puede sonar pesimista, pero les aseguro que es un pesimismo esperanzado.

Por lo tanto, mi primera propuesta es pensar las relaciones entre el arte y las otras áreas de conocimiento en el ámbito de la educación desde el fin del arte como disciplina y su ‘nueva’ comprensión como motor crítico y creativo de la estructura educacional, sobretodo la escuela, en que el artista no es un mal maestro, sino un ‘proponedor, un empresario y un educador’, según lo ha propuesto Hélio Oiticica en 1967.

En términos prácticos, sugiero algo muy sencillo y nada genial: la revisión de la currícula—en términos conceptuales, físicos y políticos—llevada a cabo por educadores y estudiantes en un contexto cotidiano, específico y micro-político de sus escuelas, no como una determinación de los burócratas y expertos en pedagogía. Como primeras tareas de estos grupos de trabajo intergeneracionales estaría examinar la necesidad de tener disciplinas y cuáles deberían ser estas, la revisión del tiempo para la educación en términos de la clase, de la disciplina, del año, del grado, la proyección y discusión de lo que se entiende por escuela en términos políticos y físicos (¿un edificio o lo que está dentro?) y el análisis del lugar del arte y la relación entre el trabajo y el ocio en la educación. Después de eso, tal vez podamos responder por qué y para quién las escuelas de arte existen.