Revolución en la revolución

Mayo 6, 2015

Revolución en la revolución (sobre la Bienal de la Habana ante las persecuciones desatadas la disidencia artística)

No estoy seguro de que la palabra “boicot” sea la más indicada para describir mi posición particular sobre la Bienal de la Habana. Nada le he pedido a nadie en relación a este tema. Salvo a la propia Bienal, claro, con la demanda ilusa de que asuma una elemental defensa de la libertad. Artística y ciudadana. Pedir lo imposible (mayo 68) vuelve a ser un acto de realismo político. Y poético.

Es mi convicción, pero no un mandato que pretenda imponer. Otros tendrán ideas distintas de cómo mejor avanzar la noble causa. Yo simplemente asumí una actitud personal, procurando una coherencia ética con algunos principios esenciales que creo deben enraizarse también en la praxis estética.

En resumen, me subleva recibir una invitación para el foro teórico de la Bienal de La Habana en el momento preciso en que las entidades responsables de ese encuentro participan en la represión generalizada sobre el pensamiento y la praxis disidente en Cuba. No me parece sostenible el argumento de un espacio de albedríos utópicos en una institución perteneciente a ––y dependiente de–– un Estado totalitario. Si alguna promesa de autonomía mantuvo durante sus primeras ediciones, ésta se ha ido marchitando en cada frente ––incluyendo la progresiva marginación de quienes concibieron a la Bienal en primer término.

Pero todo ello era previsible: con la retórica de las luchas contra el capital, el capitalismo de Estado (alias “comunismo”) en realidad pretende legitimar su combate a muerte contra cualquier atisbo de sociedad civil. Que es el sostén primordial del proyecto democrático.

Abundan por doquier los ejemplos de esa entraña represiva ––contrarrevolucionaria–– de la llamada “revolución cubana”. Pero, como indiqué en mi carta a Dannys Montes de Oca, una de sus manifestaciones paradigmáticas está en la persecución ejercida contra la artífice Tania Bruguera, encarcelándola tres veces en algo más de 24 horas y sometiéndola a un proceso kafkiano donde hasta obtener defensa legal es una ordalía. (“Kafka era entonces un realista”, dicen que Lukacs dijo, reivindicando al escritor judío tras sufrir en carne propia los absurdos del estalinismo que el mismo teórico había instrumentalizado para la crítica literaria). Asistimos al espectáculo aleccionador de un aparato gigantesco de opresiones paranoicas, activado por el solo intento de propiciar un minuto ––sesenta segundos–– de libertad de expresión a los pobladores que aspiran a ser ciudadanos. Como acción de arte, precisamente.

Es paradójico el que voceros de los poderes y el Poder pretendan denunciar esa operación ínfima calificándola como demasiado política o demasiado artística (en el sentido de promover una carrera en la escena internacional). Hace algunas décadas el régimen castrista propiciaba manifiestos en los que se declaraba a la “revolución cubana” como el principal logro cultural de aquella desdichada nación (que es también la nuestra). En esos términos, Bruguera ––pero no sólo ella–– se encuentra en radical consonancia con los ideales que tanto nos ilusionaron.

Primera persona plural: desde hace años intentamos contribuir a la reconstrucción crítica de la izquierda liberándola de su herencia maldita de caudillismos demagógicos que todo lo degradan. Y en particular al lenguaje mismo. La malversación simbólica es uno de los signos más ominosos de estos tiempos, y contra ella debemos librar nuestras últimas batallas. Aunque se encuentren, quizá, de antemano perdidas.

Temas demasiado arduos para aquí elaborarlos: remito al portafolio extenso sobre estos asuntos compartido por Ticio Escobar, Gabriel Peluffo y mi persona en el número 9 de la revista Errata#. Es desde las lógicas de esas reflexiones que me importa acompañar con todo gesto posible el acto admirable de coraje ––cívico y artístico–– asumido por Tania. Un accionar mínimo pero de consecuencias impresionantes: hasta complicitar al Estado cubano como coautor de la obra, al obligarlo a evidenciarse en su naturaleza fascista.

Y envilecedora: es penoso e indigno ––indignante–– el esfuerzo continuo por desvirtuar un reclamo de libertades esenciales mediante la descalificación personal de Bruguera. Una campaña de injurias, propiciada por las propias autoridades que regimentan a la Bienal de la Habana, sin percatarse de su incoherencia final. Tania podrá ser demonio o santa, y ello no modificará un ápice el acierto y la integridad de su llamado público, político, poético, a un minuto de no-silencio.

Tristura, en fin, la de nuestra generación, forzada por la historia a extremar sus juventudes en resistencias arduas contra las dictaduras de derecha. Y ahora, arañando la ancianidad, exigida por la conciencia a resistir con toda militancia contra las dictaduras de izquierda. Aquellas que se han apropiado de nuestros mejores ideales para perpetuarse en el poder e imponernos los sistemas más oprobiosos.

La tarea revolucionaria actual es redimir la palabra “revolución” de cualquier connotación opresiva y totalitaria. He allí una gesta romántica. Y de izquierdas.

Y de elemental consecuencia: no veo horizonte ético posible para la izquierda latinoamericana sin una ruptura profunda con las tiranías de Cuba y Venezuela.

No hay liberación sin libertad.

Revolución en la revolución (pace Régis Debray).

(FIN)