Sobre la crítica de arte

Octubre 9, 2014

Para abordar la crítica de arte en Brasil voy a comenzar recordando a Mário Pedrosa (1901 – 1981), el más importante crítico brasileño en una época en la que la crítica de arte tenía, de hecho, una gran influencia en el escenario local.

En los años 1950, durante la polémica entre arte figurativo y arte abstracto, Pedrosa fue un tenaz defensor del abstraccionismo. Sus argumentos, sin embargo, no eran los mismos de Clement Greenberg con su lectura formalista del arte, sino que se basaban en una visión humanista. Su defensa del abstraccionismo provenía de la búsqueda de una transformación de la sensibilidad: “el arte es el ejercicio experimental de la libertad”.

Fue a partir de ese principio que Pedrosa incentivó las propuestas radicales del arte brasileña en los años 1960, de artistas como Hélio Oiticica y Lygia Clark, acuñando la expresión “posmoderno”, mucho antes que Lyotard.

Los años 1960, en Brasil, fueron un momento de independencia artística e intelectual de los grandes centros europeos y norteamericanos. Pedrosa fue esencial en ese cometido al ser un crítico que estuvo no sólo al lado de los artistas, sino también al frente de instituciones importantes, como la Bienal de São Paulo (1953 y 1957) y el Museo de Arte Moderno de São Paulo, en los años 1960.

Sin embargo, Pedrosa fue un líder en un periodo en que las artes visuales, especialmente en Brasil, tenían un carácter altamente improvisado e incluso marginal. Hasta los años 1980, prácticamente no había mercado de arte en Brasil y así, el experimentalismo no era una forma de contradicción, sino de afirmación.

A partir de los años 1980, creció la profesionalización del sistema del arte en Brasil y, con ella, se perdió el poder crítico del arte. La consecuencia natural fue la pérdida de la importancia del papel del crítico. El curador surgió como figura aliada al mercado, muchas veces alternando su trabajo entre colecciones privadas y exposiciones en espacios públicos, generando una serie de conflictos de interés.

A la vez, periódicos y revistas no solamente piden la simplificación de los textos, sino que imponen una práctica sensacionalista, generando una extraña mezcla de críticos-publicitarios que escriben como si redactaran columnas sociales.

Suelo decir que la mayor parte de la producción artística en este país parece un producto más de la IKEA, preocupada con decorar las grandes paredes vacías de una clase media creciente. De esta forma, lo que está en crisis no es sólo la crítica de arte, sino el arte en sí. Si hasta los trabajos experimentales de los años 1960 y 1970 consiguieron marcos relucientes y limpios, cómo esperar una crítica que no esté al tono.