Términos del poder

Octubre 25, 2019

Colonial. En su sentido más amplio, la palabra evoca una distribución inequitativa del poder. Quizás no haya otro término que sugiera una situación similar, que no se refiere únicamente un momento o evento específicos–como indica el concepto de conquista–, ni la dominación directa mediante actos de violencia explícitos. Más bien, las situaciones coloniales configuran formas de subyugación institucionalizadas que establecen negociaciones tensas y desiguales a lo largo del tiempo. Es un término necesario, indispensable para poder hacer un balance de los contrastes y complejidades de las sociedades latinoamericanas entre los periodos de la conquista y la independencia política a principios del siglo XIX. También es una herramienta importante para reflexionar más ampliamente sobre otras situaciones de dominación que siguieron y que continúan hasta hoy.

El término, por supuesto, no ha significado lo mismo a lo largo de la historia. En su uso actual, colonial se refiere no sólo al control político, económico y administrativo ejercido directamente por una unidad política sobre territorios externos, sino también a prácticas discursivas y sociales más difusas–pero no menos efectivas–que establecen el control de ciertos grupos sociales sobre otros. Si el término debe o no usarse para definir un período entero, o la producción cultural de regiones sujetas a la dominación colonial, está abierto a debate. En el pensamiento crítico actual, cuando se aplica a la producción cultural de América Latina bajo las dinastías Habsburgo y Borbón, “colonial” no es del todo equivalente a “virreinal”, un término utilizado por los historiadores que consideran que “arte colonial” es peyorativo, o para quienes el término implica un estatus secundario o de dependencia con respecto al arte de España. Virreinal puede usarse para nombrar el tipo de gobierno que prevaleció en América, e incluso para referirse a la producción artística de los virreinatos, pero no permite sugerir la compleja distribución del poder al interior de sociedades específicas. Son términos que se refieren a asuntos distintos y que no son necesariamente opuestos.

Pero su uso está asociado a ciertos valores. Dependiendo del contexto, abogo por el uso de ambos términos, aunque daría prioridad a “colonial” en discusiones en torno a la producción artística. Esta designación define una posición crítica y propone una perspectiva particular sobre la práctica de la historia del arte y su relación con el presente. No es casualidad que quienes favorecen el término “arte virreinal” tienden a concentrarse en formas de escritura histórica que se enfocan en nociones específicas a la esfera artística, y demuestran quizás menos interés por pensar el lugar de las artes visuales en el tejido social. Y es cierto también que el término suele ser defendido desde posiciones historiográficas y políticas más conservadoras, muchas de las cuales buscan negar el hecho mismo de la colonialidad.

“Arte colonial” no solo apunta, insistentemente, hacia las inscripciones amplias de la práctica artística, sino que permite también una comprensión más sutil de las relaciones sociales. Entendido como la manifestación de las construcciones materiales pero también discursivas del poder, el término ha resultado útil a los historiadores que han intentado ir más allá de visiones maniqueas y simplistas que dividen la sociedad colonial entre españoles colonizadores e indígenas colonizados. Al concebir un complejo sistema de relaciones e intercambios, tiene la ventaja de aplicarse a innumerables situaciones que admiten la ambigüedad y la posibilidad del cambio de posiciones en un escenario más rico y complejo.

A final de cuentas, la categoría “arte colonial” implica necesariamente a la práctica artística dentro de una trama social más amplia. Y en ese sentido, nos conduce a una posición desde la cual las artes pueden entenderse dentro de la esfera mayor de la cultura material, el espacio de los objetos que representan y activamente construyen un significado social. Más allá de una idea restrictiva de lo estético, la noción de “arte colonial” refiere a sistemas más amplios de representación cultural, social y política. Su uso es una cuestión de elección, una que inevitablemente implica una posición con respecto a nuestra perspectiva sobre el arte del pasado.