Trabajo

Noviembre 3, 2014

“Práctica” y “ejercicio” implican una preparación para algo aún por venir. Anticipan “disciplina”, “constancia” y “formación”. Yo no relaciono ninguna de estas palabras con mi manera de trabajar.  Al contrario: me parece que es necesario relajarme y distraerme de cualquier cosa que se parezca al ejercicio, atendiendo a aquello no relacionado con el esfuerzo—pensamientos inaccesibles desde un estado intencional; una atracción sin razón.

He ejercitado de manera regular desde hace 25 años. Corro un par de millas varias veces a la semana. A estas alturas, el hábito está arraigado tanto mental como físicamente. De hecho, el ejercicio incrementa mi conciencia corporal de que lo físico y lo mental son co-integrales. Sin embargo, no entreno para nada en particular. No compito. No corro maratones. Hago ejercicio porque mantiene mi bienestar general, tanto como la comida, el sueño y las relaciones. Se siente bien. No suelo pensar en ello.

Una vez hablé sobre dinero con un amigo que no ejercita. Nos dimos cuenta de que él genera ingresos de la misma manera en que yo corro.  Es decir, a mí me cuesta trabajo mantenerme concentrada en la necesidad de hacer dinero, pero dejar de estar activa es inconcebible, mientras que él ocasionalmente lamenta no estar en forma pero nunca se permitiría estar retrasado en el pago de su renta. 

Es posible que use el ejercicio para exorcizar cualquier cosa que pueda impedirme invocar a la tranquila falta de concentración que da pie a que las sensibilidades periféricas tomen el control. Pero si la relajación es un método de trabajo, no se compara al control (ni al ejercicio, la práctica, la rutina o las ganancias), ni siquiera como un opuesto.  Los procesos de acumulación y los gastos que conlleva son relativamente pasivos.

Por otro lado, es importante distinguir entre estimular la mente en la cual se desarrolla el trabajo (un estado que comparo más con la relajación que con el ejercicio) de lo que es trabajar. Usar palabras como “práctica” y “ejercicio” en referencia al trabajo ensombrece el hecho de que el trabajo que los artistas hacen es trabajo, y se les debe pagar por trabajar si es que van a realizar ese trabajo. Es decir, hay más en juego al renombrar el trabajo de los artistas como “práctica” o “ejercicio” que simplemente elegir otra actividad como el método al que su trabajo se asemeja de manera más cercana. El mismo riesgo de caer en eufemismos se hace evidente cuando los “pagos” son llamados “honorarios”. En mi experiencia, un honorario inevitablemente implica un pago inadecuado.

En pocas palabras, cuando se trata del trabajo que hago, no tengo una práctica, no ejercito. Trabajo.