Un cuerpo desobediente en el horizonte

Agosto 26, 2020

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Érika Ordosgoitti, Fotoasalto, de la serie Misión León, 2018. Misión León de las Madres. Colaboración de Jaime de Sousa. Inyección de tinta sobre papel fotográfico semisatinado, 70 x 140 cm. Edición de 5 + PA.


 

El cuerpo es un campo de batalla, una zona en reclamación, un conflicto se funda en él y se sostiene incluso después de la muerte. Sobre el cuerpo está la diana, un punto rojo, un láser, un dedo que lo señala, una boca que lo señala, un fallo, y otro fallo, y otro. Su control es el anhelo de los que ostentan el gran apetito por las armas y el dinero.

Si la libertad es anhelada como expresión de voluntad hecha cuerpo, si el cuerpo es reclamado por sí mismo, hay que confesar una ética. La libertad implica asumir la responsabilidad de la gerencia de los propios excrementos, es decir, la responsabilidad del cuerpo y su expresión.

Ese desafío lo he vivido en mi obra. En 2018 hice un fotoasalto en Caracas, justo antes de irme de Venezuela. Fui a la escultura del León, símbolo de la ciudad, ubicada en la avenida O'Higgins en la entrada de Misión Vivienda, uno de los desarrollos habitacionales promovidos por el gobierno. Éramos cinco amigos, distribuidos en un carro y una moto, mientras otros dos nos esperaban en un escondite cercano. Planificamos durante mucho tiempo una imagen compuesta por el perfil del edificio de la Misión, desde donde salen muchas antenas de DirectTV, el león y mi cuerpo desnudo sobre él.

A los dos minutos, llegó la Policía Nacional en un jeep blanco. Los funcionarios sacaron sus armas, pero estaban muy confundidos. El tránsito se detuvo y la policía no logró identificar el carro en el que habíamos llegado. Me bajé de la escultura y me oculté en el pedestal, por la cara que da hacia la Misión Vivienda. Me cubrí, huí hacia la entrada de la Misión y esperé a que la patrulla se fuera. Imagino que creyeron que yo era del edificio. Cuando los vi alejarse, me monté en el carro y escapé. Llegué al escondite cercano donde nos esperaban a salvo los cómplices, el fotógrafo y el motorizado. Me cambié de ropa y celebramos.

Esta es una obra que he hecho en tres diferentes tiempos. La he reconstruido para rescatar los cambios del paisaje. La primera vez que la hice no existía Misión Vivienda, luego la hice con toda la Misión Vivienda de Fondo, pero no existía el busto de Chávez, ni las antenas, estaba recién construida. No sé cuándo vuelva a Venezuela, pero intentaré volver para comprobar la decadencia del edificio, seguro similar a la de mi cuerpo. La última intervención es la pieza que más miedo me ha dado. El miedo es muy importante en todo esto. El miedo es la medida del valor de la obra. Si no hay miedo, si no hay inestabilidad, si no hay riesgo, no hay arte. Me refiero a riesgo de muerte, de ser apresada, de ser violentada por la policía o por los transeúntes. Estas imágenes están cargadas de contenido político, de historia, de referencias, pero es el cuerpo en el espacio lo que se levanta como un gesto de libertad que a la vez resulta en una exhortación. Es una pugna por el propio cuerpo, secuestrado de tantas formas, por eso la desnudez, por eso el espacio público y por eso los monumentos.

Nadie está exento de los desafíos éticos del cuerpo y su expresión. Las consignas de los antiguos poderosos todavía generan estragos, aun en los individuos que parecen estar en el pequeño grupo de reticentes. Nadie se escapa de la alienación, de la enajenación exigida; ni siquiera los sabios, los filósofos, los grandes maestros, buscadores de la verdad, ascetas, ateos. Todos bebemos de la fuente que hace hablar a los muertos a través de nuestra boca.

No basta con estar a la altura de las circunstancias. Heredamos estructuras castrantes y vergonzantes, por lo que conformarnos con responder a nuestro momento histórico es mediocre. Tenemos que imaginar otros paradigmas para descifrar la realidad, los actuales caducaron, y los que estamos construyendo están destinados a perecer. Debemos asumir con nuestra vida el llamado a conversar con quienes aún no han nacido, y reconocer que estamos sumidos en un presente con fecha de vencimiento. 

Admiro profundamente a los espíritus que se encuentran en constante construcción de su autonomía, haciéndose y deshaciéndose de forma crítica y autocrítica. Si una autonomía nos es deseable, necesitamos advertir los mecanismos de la represión sobre nosotros. Solo así sabremos cómo liberarnos.

El arte es el lugar para aspirar a la libertad y a la autonomía.

El arte es un llamado a la construcción del criterio propio. El arte no emite un mensaje, ofrece una serie de pistas de gran significación, abiertas a ser interpretadas, discutidas, pistas ambiguas y contrarias a cualquier lógica maniquea.

El lenguaje, y sobre todo el habla, modela, construye, diseña conductas. Hay frases que son raíces de la conducta, lo que podemos advertir es solo el tallo, y lo que de ahí se ramifique. Haber vivido en la Venezuela que destruyó Chávez me ha hecho estar alerta a las doctrinas y a la cambiante hegemonía de oprimido y opresor. Por ello resuenan alertas ante mí cuando leo o escucho frases que se mimetizan con palabras que he oído antes en discursos reciclados por los líderes del autoritarismo de mi país: ellos siempre pretendieron cargar la responsabilidad de su desastre a la corona española y el imperio estadounidense. Los golpes de pecho públicos, que pudieran parecer un reclamo legítimo, se transforman en excusa y escudo, para la simple instrumentalización y manipulación de los grupos disidentes. Con el tiempo se reveló que quienes se pretendían reivindicadores, se proponían los mismos objetivos heredados de la colonia que tanto aparentaban rechazar: el poder y el dinero.

Soy una pesimista.

Hablamos y nos salen muertos por la boca.

Hacemos un gesto, un gesto de rabia, de dolor, un gesto auténtico, auténticamente conectado con nuestra profundidad. Y es un gesto prestado.

No hablamos por nosotros mismos. Estamos aquí cual equipos reproductores, diciendo las mismas palabras, viviendo la misma ira, la misma ancestral ira.

Los grupos que en un pasado fueron minoría excluida, con el paso del tiempo pasaron a ser hegemonías de poder. Consciente de ello, deduzco que las comunidades empoderadas recientemente de indígenas, etnias afro, queers, feministas, mestizos, inter-especies y ciborgs, entre muchos otros, pasarán a ser la próxima hegemonía.

Aunque podría parecer que al fin se nos hace un acto de justicia —¡y en muchos casos sí la tenemos!—, lamento prever nuestra decadencia.

Toda mi vida he sentido la vertiginosidad del descenso y la fractura de nuestras promesas, de los proyectos de sociedad. De pronto un surgimiento, un ascenso de quienes han sido discriminados resulta sorprendente. Estaré viva mientras asciende, pero cuando llegue al cenit moriré y agradeceré haberlo hecho.


Érika Ordosgoitti (Caracas, 1980) Artista de performance, audiovisual y poeta.
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Notas para una Horizontal-ismo: Hacia la posibilidad de construirnos juntos en un ensamblaje, es un proyecto que responde a nuestras muchas emergencias. Como la creciente incertidumbre de habitar un mundo en crisis amenaza nuestra existencia en el futuro, esta iniciativa editorial busca contribuir a la construcción de un pluriverso desde la perspectiva del arte latinoamericano.