¿Misión cumplida?

Mayo 18, 2014

Durante algunos meses en el 2013 fue posible ver en tres de los museos más importantes del mundo, el MoMA, el Tate y el Reina Sofía, ejemplos de obras de arte canónicas del modernismo de Piet Mondrian, Josef Albers o Max Bill en diálogo con los latinoamericanos Alejandro Otero, Willys de Castro, Gego, Sergio Camargo y otros. Estas exhibiciones de colecciones permanentes finalizaron un proceso que durante la última década ha visto un cambio dramático en cómo se entiende la modernidad global, particularmente dentro del lenguaje de la abstracción geométrica.

Vale la pena mencionar que la exhibición del Tate incluyó trabajos realizados por abstraccionistas británicos como Mary Martin, que también estaban emergiendo de décadas de oscuridad, en parte, irónicamente, por la intensa atención que se prestó a los artistas brasileiros, argentinos y venezolanos de este periodo. Es un indicador interesante del cambio de gustos y de poder el que hoy uno pueda adquirir un Max Bill o un Albers por una fracción del costo de un Clark o un Castro. No es que el mercado lo sea todo, pero es ciertamente una suerte de marcador.

Hemos avanzado mucho desde que John Yau atacara al MoMA en su influyente artículo para Arts Magazine en 1988 por exhibir The Jungle de Wifredo Lam junto al guardarropa. Desde entonces, una combinación particular de academia, cambios geopolíticos, coleccionistas, curadores, así como el mercado, ha colocado a América Latina en el centro del mainstream global. Podríamos argumentar que este fue siempre el lugar que merecía pero que la gente no podía verlo o, como hacen algunos, que incluir a América Latina involucra un cambio fundamental en la sensibilidad y un cuestionamiento automático al canon.

Me inclino por la primera postura y rechazo la idea de que haya algo ‘no occidental’ sobre el arte latinoamericano, al menos en la versión que ha ingresado a la corriente predominante. ¿Cómo fue que Norteamérica se transformó en ‘occidente’ y Suramérica en ‘el resto’?  Es una lógica que pertenece a la Guerra Fría, en que académicos de Estados Unidos y Europa occidental (en general) buscaron a un ‘otro’ que ayudara a la culpa del mainstream.  Es interesante notar que los intelectuales del sur tendían a hablar de hibridación y fusión mientras que los del norte hablaban de diferencia y alteridad. Tal vez una diferencia sutil pero que vale la pena mencionar.

Pero la historia es mucho más compleja de lo que puede mostrar una exhibición. Mondrian fue invisible en los museos parisinos hasta la década de 1980, y me imagino que el Max Bill del MoMA estaba profundamente archivado cuando lo sacaron para colgarlo junto a las nuevas adquisiciones latinoamericanas, como lo fue el Mary Martin del museo Tate. Uno de los riesgos del revisionismo es que hace ver al último paradigma en ser desafiado como si siempre hubiera estado allí, cuando de hecho la historia y el gusto siempre están cambiando. 

Claro que es maravilloso que los museos sean más globales (aunque ¿es América Latina un mejor candidato para la inserción que África o Asia?), y que sus colecciones se trasladen más allá de un grupo limitado de los sospechosos de siempre, pero me pregunto ¿qué estrategias se desarrollarán en el futuro para traer algo de la tensión y fricción de la historia de vuelta a las exhibiciones de los museos? ¿Hay maneras de discutir la visibilidad/invisibilidad del arte que nos ayuden a movernos más allá de la mentalidad del vencedor/víctima que ha servido, hasta ahora, como ambas cosas: motor y freno en la promoción del arte de América Latina en un escenario global? Sí, hemos alcanzado un hito importante, pero ¿cuáles son las nuevas preguntas en el horizonte?