"Boom," "Boom," "Boom": clase media y "arte latinoamericano"

Junio 22, 2015

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B. Perat, Vernissage au Salon, 1866. Fuente: Wikimedia Commons

Un estudio del Banco Mundial publicado a finales del 2013 afirma que “la clase media creció un 50% en América Latina entre 2003 y 2009”. La información resulta paradójica si se compara con lo que sucede en Estados Unidos y en Europa. Allá, la idea de la extinción de la clase media se ha regado como pólvora y el tema de su implosión apocalíptica ha dado para todo, tanto que algunos indignados se atreven a vaticinar los efectos de este cataclismo social sobre la esfera del arte.

A Dave Hickey, estadounidense, escritor de cuentos cortos, ensayista, marchante atípico, profesor por defecto y crítico tempestuoso, le preguntaron hace poco en una entrevista por sus experiencias de más de medio siglo por universidades, galerías, ferias, bienales y museos, y cuando le pidieron que describiera el mayor cambio que había presenciado, Hickey respondió: “El cambio principal, del que la gente no se ha dado cuenta, es que ya no hay una clase media —hay una clase de cortesanos, que seríamos usted y yo—. Somos meseros intelectuales para gente inmensamente rica. En consecuencia, comparado con los ingresos de los coleccionistas actuales, el arte es más barato que nunca: una compra que significaría mucho para una pareja de medianos ingresos es nada para esta gente. Los coleccionistas no entienden la geometría de la elevación de precios en el arte, especialmente del arte histórico. Ellos lo reinvierten todo muy pronto, lo que daña el mercado y no les importa. Siempre quise vender arte de tal manera que el coleccionista se lo llevara y dijera, “¡Por US$40.000!— ¡Y basta con mirarlo!” Siempre tuve la esperanza de que podía haber alguna transubstanciación del valor del dinero al valor del arte.”

Aunque la escena parece ser distinta para América Latina, donde cada país reclama para sí mismo una suerte de “boom” del arte en cada comarca con pretensión cosmopolita, es importante constatar que el Banco Mundial es reservado en torno al positivismo del ensanche de la clase media en la región. Al final, el informe concluye: “América Latina se encuentra en una encrucijada: ¿romperá (aún más) con el contrato social fragmentado que heredó de su pasado colonial y seguirá persiguiendo una mayor igualdad de oportunidades o se entregará aún más decididamente a un modelo perverso en que la clase media se excluye de participar y se vale por sí misma?”

A continuación, seis predicciones ante esta encrucijada, exclusivas, claro está, a la pequeña parroquia del arte en las diversas comunidades de ese rosario geográfico de países que va desde el pedazo que Estados Unidos le robó a México, pasa por las Antillas y llega hasta un pedacito de la Antártida:

1. Nuevos ricos, nuevo arte. Esta nueva cochada de personas que ocupan la amplia escalera de la clase media buscarán en la franquicia del “arte contemporáneo” su nicho para constituirse en personas de gusto. Un arte en apariencia más difícil y arriesgado, pero también más barato y abundante. Y entre ese arte intelectual al alcance de la mano también hay gangas de artistas del pasado, en vías de valoración por una historia del arte incipiente y su cruce con el catálogo razonado, pero a fin de cuentas un arte anacrónico más ligado al coleccionismo de las élites del pasado, a la bodega del museo, que a la historia que está por escribirse o al carácter ahistórico de estos grupos emergentes.

La nueva clase media, montada en la cresta de la ola del auge económico, aprende rápido y corre a la estela de la producción cultural reciente. Si tanto le debe esta clase al acceso a la educación, a la estabilidad de un contrato laboral y al crédito ¿por qué no pretender educarse bajo este arte de la actualidad y pedirle un amplio préstamo a los bancos de esta pretendida nueva estética?

El cuadro al óleo del pintor octogenario y ochentero da paso a una pintura donde la gestualidad es más un concepto que una expresión cándida y jovial. La imagen, ampliada a gran escala, y barata en términos de calidad fotográfica, será tan ampulosa en su tamaño y buengustismo como en su parafernalia conceptual. El paisaje bucólico, el payaso borracho o la imagen del charlot de Chaplin serán reemplazados por piezas que emulan el popismo warholiano para las paredes de un nuevo apartamento tipo loft con la impecable practicidad de una tienda de productos Apple.

Las pequeñas reliquias del pasado estarán cada vez más al fondo de los cajones de muebles con diseño minimalista. El pasado solo estará permitido bajo el aura de lo retro pues la bohemia boutique no solo compra un objeto sino la memoria de un pasado idealizado, fetiches cargados de una tradición inexistente.

Cada paso sobre el suelo de una galería, un espacio independiente, una feria, una bienal o un museo alejará a estos Adán y Eva de un paraíso de la ignorancia y les otorgará un ropaje intelectual. Entonces habrá que crear más y más espacios y cocteles, y más kilómetros de “arte contemporáneo” para darle cabida a los antojos urgentes de estos pasajeros que viajan raudos de pantalla en pantalla por las autopistas de la información.

Toda una generación de artistas será olvidada, su pecado será no haber dado a tiempo el salto a lo contemporáneo, más adelante, una vez muertos o vencida su resistencia, serán rescatados para el mercado secundario de las tesis universitarias y del agiotaje galerístico que ve en ellos una segunda oportunidad sobre la tierra.

2. La normalidad. Todo será normal y tenderá a normalizarse. Lo normal será la figura del artista exótico y profesional que, gracias a su pasado o su contexto, relumbrará en lo social y en las sociales. Las clases emergentes buscarán en los artistas emergentes historias personales que emulen su propia historia, la de haberse hecho a pulso, sin grandes abolengos o a la luz de una escuela estilística. Sin historias no habrá personajes, no habrá artistas.

Primará la actitud sobre la forma, la actitud será la forma. Y esa actitud artística cada vez más “autentica” contrastará con su conservadurismo pues, en aras de preservar su estatus de artistas y de soñar con vivir de la venta de productos elaborados a partir de su propio trabajo físico o mental, estos artistas serán los más conservadores del statu quo que les de cabida. Así, el género del arte político brillará por su corrección política, y el arte de denuncia será cuidadoso de mantenerse al margen de lo penal. Los artistas, críticos implacables con el mundo, con el mundillo del arte serán cada vez más dóciles y ese es un tipo de servilismo político que demanda tiempo y trabajo.

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Honoré Daumier, Charmé de se voir exposé, l'original ici présent conduit son épouse au salon..., 1841. Fuente: Wikimedia Commons

3. Barriobajeo arribista. La habitación vacía que se deja en una mudanza por un lugar mejor genera una inquietud, ¿quién estará ahora en ese lugar? ¿quién será el nuevo habitante de semejantes estrecheces? La movilidad social crea un fantasma sobre lo que se deja atrás y su presencia aparece espectral en la prensa, en el cuadro estadístico del periódico que señala que el país, a pesar de sus avances, todavía puntea en los indicadores de pobreza.

La manera de confrontar esa pobreza será pagando impuestos, sí, cuando se puede, o jugando a la filantropía (que sirve para evadir el pago de impuestos y a la vez da prestigio), pero aun así el fantasma de la inequidad debe ser confrontado por una aparición sensible, un periodismo lírico capaz de crear obras de indignación. Un “arte contemporáneo” que gracias a su fotogenia sirva para decorar nichos de conmiseración para que la clase media emergente sienta lo sublime, el estar suspendida entre la pobreza y la riqueza, y por un breve instante recuerde culposa que —por miedo al miedo—  no ha logrado ni logrará usar sus beneficios para abolir los privilegios o para hacerlos extensivos a otros.

Ese parpadeo con lo real es temporal, tanto para el artista paracaidista que cae en una comunidad marginal, captura el material y luego se va, como para el que lo contempla en la zona de comodidad del arte y se admira ante la pesquisa de ese cazador recolector en sus incursiones por los bajos fondos. Lo que hace la clase media y sus artistas es trabajar, trabajar y trabajar para no bajar de peldaño ante el signo ominoso de un futuro desclasamiento que la convierta en objeto de contemplación condescendiente por parte de los más pudientes. Ya no hay tiempo para el ocio, solo negocio. Pobre pobreza.

4. A más artistas, más educación. Y más educación para todos los que quieren ser artistas, o más educación para que todo el que quiera ser artista tenga que pasar por una educación, o educación para que los artistas sepan que son artistas y los que quieren reconocerlos como artistas sepan que tienen educación. Más educación como filtro para separar a los artistas que tienen educación de los que no la tienen. Al final de la educación, más educación para artistas: maestrías, especializaciones, doctorados, diplomados. O espacios alternativos a la educación donde los artistas analizan la educación como válvula de escape para hablar de la mala educación recibida y de la buena educación por impartir pues, más temprano que tarde, muchos de estos artistas pasarán a ser educadores —uno de los destinos posibles para todo artista, por más boom del arte que haya—. Y es que hacer arte nunca será una profesión. En las páginas de avisos laborales jamás se encontrará el clasificado: “Galería de arte contemporáneo busca artista para llevarlo a la fama”. En el imperio de la clase media, el artista deberá resignarse a formar parte de la corte cultural en un rol de funcionario con contrato temporal o de recreacionista intelectual.

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Honoré Daumier, Aspect du salon le jour de l'ouverture..., 1857. Fuente: Wikimedia Commons

5. Curadores curados. A más clase media, más artistas, a más artistas, más producción y regulación, y el lenguaje de la ley, al estar cifrado en la palabra, en lo verbal, recurre a una figura jurídica del derecho romano como paradigma de autoridad: el curador. Si en Roma el curador era aquel encargado de dar voz a todos aquellos que no tienen voz ante la ley —impúberes, idiotas, locos—, en cualquier escena del arte emergente será esta persona quien le de voz a los artistas, sea capaz de agenciar los recursos estatales y privados y sirva de fusible —o responsable— ante la contingencia de un pico de voltaje en un evento.

Si la curaduría es el sistema de transporte del arte, el curador es el chofer. Pensar que la curaduría está al servicio del lenguaje, y no de los artistas, de las instituciones o de los poderosos, o que su lectura puede ir a contrapelo del canon establecido o de las intenciones del artista, son devaneos que muy pocos pueden permitirse. Lo que se le pide al curador es que ofrezca un servicio dentro de una cadena de producción donde valor y precio aparentan ser lo mismo.

Uno de los tantos servicios que ofrecen los curadores locales es producir informerciales para mantener andando las diferentes franquicias del “arte latinoaméricano”. Hay curadores independientes que a puerta cerrada son críticos ante los clichés de la categorización de “arte latinoamericano”, pero están muy dispuestos a ofrecer publireportajes que sirvan de promoción para el “arte latinoamericano” y así, mediante esta dependencia, seguir bajo la estela de independientes y surfear la ola del “arte latinoamericano”.

6. A más arte, más críticadera y menos crítica. Sí, todos somos críticos, pero la realidad es que a la par del crecimiento exponencial del arte, hay menos crítica. Mientras más dependencia y más pretensión de profesionalismo haya, menos crítica habrá. La única crítica con tono que se encuentra hoy es la criticadera de los “indignados” del arte que evocan con nostalgia narcisista a las juventudes y vanguardias artísticas del entrecruce de las décadas del sesenta y setenta del siglo pasado, pero estos nuevos inconformes parecen invocar toda una serie de valores que aquellas generaciones contestatarias habrían calificado de burgueses: “trabajo, hogar y familia” o, para ponerlo en arte lengua, “subsidio, institución y comunidad”.

La crítica de arte, la que critica lo que hacen los artistas o las condiciones de producción y uso del arte, se ve cada vez más replegada al amplio universo de las redes sociales, un espacio tan ancho y amplio que cualquier sonda que se envíe el único riesgo que corre es el de no chocar con nada y perderse en medio de la nada, y donde se ruega que no le se pegue a nada pues un choque —en menor y mayor grado— incide en el futuro laboral: si todos viven del arte, cualquier crítica al arte incide —en menor o mayor grado— sobre los ingresos que se obtienen por concepto de arte.

A la luz de estas predicciones, el “modelo perverso” de la clase media latinoamericana se reproduce en las dinámicas del arte que le interesa, el que compra a precios exorbitantes y que nunca conciliará el valor del dinero con el valor del arte —como quería Hickey— sencillamente porque desconoce este último y su prioridad no parecer ser conocerlo ni cambiar el contrato social más allá de su tipografía.

Quizá sea mejor así para el arte.

—Lucas Ospina*

*Profesor, Universidad de los Andes