De la movida a un movimiento

Junio 8, 2015

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Cortesía de NAAFI

Cuando se supo que N.A.A.F.I, un sello discográfico y productora de eventos convertido en movimiento underground, había sido invitado a una residencia de un año en el Museo Jumex (titulada, simplemente, Residencia), algunos declararon que era el fin de N.A.A.F.I mientras otros pensaron que su presencia implicaría una amenaza para el museo y su “cultura”. En pocas palabras, de ambos lados del debate, la gente estaba asustada. A menudo, gestos tan fuertes como este amenazan el statu quo o nos empujan hacia afuera de nuestra zona de confort. No obstante, para mí la incomodidad en el arte siempre es positiva y, tras ser testigo de esta incomodidad en particular, incluso quise escribir sobre ella aquí para reflexionar sobre lo que estaba ocurriendo.

Quizás no es una coincidencia que uno de los términos que N.A.A.F.I ha tomado prestados para describir esta Residencia en tres partes sea “Zonas de disturbio” (de Zonas de disturbio: Espectros del México indígena en la modernidad, de Mariana Botey, que aborda la presencia de arte indígena como una de estas zonas de disturbio dentro de la historia –o el imaginario– del arte europeo, desde una perspectiva postcolonial). Desde ya, este lenguaje o marco teórico debería hacerle saber a la gente que estos neo-ravers no son solo “drogadictos” que amenazan la “integridad” de una “institución cultural”.

Más allá de la fiesta, que se llevó a cabo deliberadamente en la tarde (y no empezando en la noche y terminando en la madrugada, como un típico rave), esta primera parte de la Residencia también incluyó una conversación informal y jugosa, en una mesa redonda entre LAO, uno de los productores o artistas del sello (aquí vemos otra frontera borrosa); UNIQU3, su primera invitada especial y artista rompe géneros; los fundadores del sello Tomás Davó y Alberto Bustamante; y yo, como moderadora. Las ideas que discutimos entre nosotros y en un diálogo con los participantes abarcaron desde temas de poder y control en este tipo de colaboraciones entre instituciones y agentes contraculturales hasta la apropiación cultural; una reevaluación del término híbrido, y cómo algo que es puramente estético puede ser comercializado rápidamente, a diferencia de cómo algo físico (como una comunidad que participa en un evento) puede trascender su comercialización o cosificación.

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Cortesía de NAAFI

UNIQU3, muy elocuente para ser tan joven, habló de su experiencia como una mujer (afroamericana, específicamente) en un mundo básicamente dominado por hombres, y de cómo el sonido Jersey Club ha sido apropiado con frecuencia y no siempre de forma positiva (como cuando, por un motivo extraño –¿e inconscientemente racista?–, algunos DJs decidieron tocar música de este género solo si utilizaban máscaras animales, y la DJ que intentaba emular la música de UNIQU3 decidió disfrazarse de una “gorila amistosa”. En serio). Por lo tanto, aquello que podría parecer una simple intervención en el típico contexto de un museo (recordemos que, en esas fechas, el museo presentaba una exposición inocua de Calder y que, recientemente, se había cancelado una exposición de Hermann Nitsch, causando gran controversia) empezó no solo a cuestionar, de una forma fresca, el rol de la institución desde adentro de la institución sino que propició que los fiesteros pusieran sus roles en tela de juicio (¿se habían convertido en partícipes conscientes dentro de un performance, cocreadores de una pieza de arte colectivo?), al mismo tiempo que los propios organizadores de N.A.A.F.I se cuestionaban sobre temas de periferia, empoderamiento y resistencia que siempre han sido parte de sus fiestas y su música. Una nota sobre esta última parte: aunque es verdad que N.A.A.F.I ha organizado fiestas y eventos por varios años, desde el inicio sus fundadores, muchos de ellos egresados de carreras como arquitectura, realmente lo vieron como la gestación de espacios compartidos. Por lo tanto, no es coincidencia que N.A.A.F.I, que empezó como una fiesta, haya agitado las aguas hasta que sus olas llegaran a las puertas de una institución consagrada como el Museo Jumex, que ha definido esto como la primera en una serie de colaboraciones con “movimientos que están redefiniendo la cultura contemporánea” (el énfasis, de una cita del sitio web del museo, es mío).

Creo que a José Esparza, el curador que invitó a N.A.A.F.I y que ha ayudado a organizar este evento, le preocupaba que lo corrieran. No debería ser despedido. Más bien le deberían dar un aumento. Este tipo de eventos permiten que las grandes instituciones no se vuelvan enteramente escleróticas (sobre todo después de tomar decisiones que los manchan con la palabra “censura”, como le fue cancelar una exposición). Por otra parte, una invitación de esta índole, aunada al hecho de que “el underground se ha asomado para que le dé el sol”, como uno de los participantes lo describió durante la primera tardeada de fiesta y baile, demuestra no solo la naturaleza autorreflexiva de N.A.A.F.I sino a qué grado sus participantes están conscientes de su posición, y de lo que potencialmente significa apoderarse de una institución. Es posible que, para algunos lectores en Estados Unidos, todo esto suene un tanto obvio. Puedo recordar muchas colaboraciones similares entre un gran museo y un pequeño espacio independiente: algunos de mis favoritos serían cuando, en Los Ángeles, Machine Project consiguió una invitación para orquestar diez horas de todo tipo de cosas en el LACMA, cuando ocupó el Walker Art Center durante algunas semanas o cuando llevó a cabo un año entero de programación en el Hammer Museum (incluyendo un Dream-In, piyamada al estilo ocupa, y un Fungi Fest, o festival de hongos). En la ciudad de México, espacios pequeños, iniciativas, colectivos o incluso movimientos underground o independientes frecuentemente se comunican entre sí pero rara vez son invitados a las instituciones más formales (muchas veces administradas por el gobierno), con la excepción escasa de los museos universitarios. En todo caso, que yo sepa un intercambio así de radical no había ocurrido en mucho tiempo. Fue radical no solo desde el punto de vista de la institución –en realidad, desde ese punto de vista era necesario– sino también desde la perspectiva del público de N.A.A.F.I, quienes, en su mayoría, jamás habían entrado a un museo o salido de su casa antes del anochecer, y quienes se consideran cuerpos abyectos desde el punto de vista de las normas impuestas por la sociedad (e instituciones de la sociedad como los museos) o vienen de entornos sociales donde ni siquiera emplearían la palabra “entorno” al referirse a sí mismos porque recibirían un puñetazo en la cara, o algo peor. Quizás para la típica familia “normal” de clase media fue radical visitar un museo y encontrar gente vestida de forma extraña, o apenas vestida; transexuales, homosexuales, bisexuales, tatuados hasta las narices, bailando sin control: una forma de arte ciertamente distinta a un móvil de Calder.

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Cortesía de NAAFI

No obstante, lo que N.A.A.F.I hace también es radical en otros niveles y me hace pensar en el término “artes vivas” de una forma nueva y más amplia: el Museo Jumex los ha denominado un movimiento, los participantes sienten que forman parte de un movimiento, y claramente ellos conciben ser algo más que organizadores de fiestas de moda bajo los efectos del MDMA. N.A.A.F.I comenzó en un momento en el que salir de fiesta en la ciudad de México, en medio de una guerra sangrienta en contra de las drogas, representaba un riesgo real. N.A.A.F.I es una declaración política. Me recordó, por ejemplo, a la forma en la que Simon Reynolds habla de los raves en Gran Bretaña durante los noventa, porque “el rave va más allá de la música y las drogas; es una mezcla de estilo de vida, comportamiento ritual y creencias. Para el participante se siente como una religión […] Vuelvo a recordar aquella declaración, ‘debemos hacer que el gozo sea un crimen contra el estado’” (Energy Flash: A Journey Through Rave Music and Dance Culture, 4) y porque, como un rave que “construye una experiencia” (el énfasis es del autor, 9), N.A.A.F.I ha armado una experiencia aquí, o una situación, como Debord la llamaría. Ha detournado o desviado a la institución en otra cosa.

La Residencia incluso problematiza y cuestiona la idea de autodefinirse como un movimiento perteneciente a un underground o a una periferia, y de cómo este tipo de retórica puede convertirse en una herramienta para una mayor marginalización. ¿Cómo romper con esto? Seguiremos preguntándonos cómo superarlo.

Como deja en claro esta Residencia, lo que N.A.A.F.I hace tan bien es unir diversos mundos, así como pensar cómo esto ocurre y qué implica. También genera un espacio seguro para la interacción entre distintos cuerpos vulnerables a través de la música. Me recuerda al documental que la artista transfemenina Wu Tsang hizo sobre Wildness, mi fiesta favorita en Los Ángeles, que antes ocurría en el Silver Platter en MacArthur Park, donde diversas culturas underground se encontraban (desde la comunidad trans e inmigrante hasta los entusiastas de la música en universidades de arte). Todo esto también trae a la superficie una paradoja interesante: el espacio seguro de una persona puede convertirse en una amenaza para un cierto tipo de pensamiento institucional o quizás pueda convertirse en el antídoto necesario para la supervivencia de esa institución.

Ya después del evento, al hablar de lo que pasó con muchos de sus participantes, muy pocos aún pensaban que implicaría la muerte de N.A.A.F.I como un “verdadero” movimiento underground, y muchos otros realmente notaron el potencial político que acababa de desencadenarse. Para citar a Reynolds de nueva cuenta, “(…) esta música ‘sin sentido’ me ha provocado infinidad de reflexiones. A pesar de su naturaleza ostensiblemente escapista, el rave me ha politizado, me ha hecho pensar con mayor fuerza sobre temas de clase, raza, género y tecnología”(10). Precisamente es esto lo que se ha pensado y discutido abiertamente durante esta Residencia. Y quizás, lo verdaderamente importante es que se ha vivido en carne propia, en toda la afirmación vital del erótico roce de muchos cuerpos (generalmente) jóvenes con otros cuerpos jóvenes, en sí algo que, cada vez más, parece amenazar a los poderes fácticos que quieren aniquilarlos  (piensen en todos los jóvenes estudiantes desaparecidos en México, pero también en los incontables jóvenes afroamericanos que han sido asesinados en Estados Unidos; en Julien Coupat y sus “asociados”, que pronto serán remitidos a prisión en Francia, o en las jóvenes arrestadas por bailar en Rusia).

Escuchen con atención. Es posible que el twerking y el perreo derrumben la casa del amo.