Paraíso sostenible

Marzo 10, 2016

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Indio Yanomami, 1976. Foto por Edgardo González Niño
Indio Yanomami, 1976. Foto por Edgardo González Niño

La inmensa selva amazónica ocupa más del 30% del territorio de Brasil y se extiende hacia sus países limítrofes, correspondiéndole a Venezuela 175,000 km2 que conforman su Estado Amazonas.

En su obra Amazonia, un paraíso ilusorio (Editorial siglo XXI, 1976) la antropóloga Betty Meggers de la Smithsonian Institution, expone los sorprendentes resultados de sus dos décadas de investigaciones en las selvas de Brasil, que revelan cómo esa exuberante vegetación es producto de un prodigioso proceso de la propia naturaleza para proteger y aprovechar los escasos nutrientes del suelo amazónico, sometido a permanente erosión por el excesivo calor húmedo y las constantes y torrenciales lluvias.

Vista desde el aire, la floresta amazónica se presenta como una tupida alfombra verde interrumpida sólo por los ríos que la cruzan. Ese tupido follaje busca retener parte de la lluvia, para que se evapore al calor del sol, a la vez que la gran altura de los árboles permite una evaporación adicional de una porción del agua restante en su lenta caída hacia el piso de la selva. En el caso de las diferentes necesidades nutricionales de las diversas especies de plantas (nitrógeno, fósforo, calcio, magnesio, azufre etc.), estas se separan y dispersan sobre el terreno estéril para poder obtener el escaso nutriente necesario.

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*En primer plano se aprecia la copa emergente de un árbol de Puy, en el horizonte el acantilado norte de la porción Kerepacupai de la famosa meseta Auyantepui. Estado Bolívar, Venezuela, 1999. Foto por Charles Brewer-Carías
*En primer plano se aprecia la copa emergente de un árbol de Puy, en el horizonte el acantilado norte de la porción Kerepacupai de la famosa meseta Auyantepui. Estado Bolívar, Venezuela, 1999. Foto por Charles Brewer-Carías

Entre ese mundo vegetal de características únicas ha habitado el hombre indígena desde la época prehispánica. Para 1957 aún quedaban 143 grupos étnicos en las selvas de Brasil. En Venezuela, la Colección Orinoco de la Fundación Cisneros contiene 1627 piezas artesanales de la cultura material tradicional de las actuales etnias indígenas del Estado Amazonas: Makiritare (Ye´kuana), Piaroa (De´aruwa), Yanomami (Yanomami), Guahibo (Hiwi), Panare (E´ñepa), Hoti (Hoti), Baniva (Baniwa), Bare(Bare), Puinave (Puinave), Piapoco (Tsase), Curripaco (Wakuenai) y Guarequena (Warekena).

Esas comunidades mantienen su sistema tradicional de vida, el cual sustentan en todos sus aspectos con los recursos vegetales, animales y minerales de las selvas, ríos y montañas del medio ambiente, tomando de la naturaleza, con intuitivo sentido ecológico, lo estrictamente necesario, al único precio de su fuerza de trabajo y su capacidad creadora para transformar esos bienes en la base de su alimentación y en objetos de uso diario como vestuarios, adornos corporales, armas de caza, variada cestería y cerámica, hamacas, atuendos rituales, instrumentos musicales, medicamentos, canoas y viviendas, todo manufacturado en base a tejidos, ataduras, pegamentos de resinas naturales y ensamblajes de piezas grandes de madera, “sin un sólo clavo”, como decía el explorador, coleccionista y fotógrafo documental Edgardo González Niño.

Si la naturaleza cubre plenamente las necesidades de la comunidad se crea el sentir de que el entorno natural pertenece a todos, lo cual aleja la envidia, el egoísmo, la mentira, la avaricia, la competencia, a la vez que fortalece la integridad del grupo étnico, donde rige la verdad como conducta colectiva.

Su mundo espiritual se apoya en sus ancestrales tradiciones y creencias que respetan y profesan como su razón de ser, más la absoluta obediencia a su Shamán, máxima sabiduría y autoridad elegida mediante difíciles pruebas.

Nacer, crecer y vivir en una comunidad indígena donde prevalecen la amistad, la fraternidad y la lealtad, con clara conciencia de las responsabilidades individuales que se suman para el bien común, sumado al respeto a las creencias ancestrales que fundamentan y definen su identidad, afianzada en un lenguaje propio, en medio de un ambiente natural arrullado por el canto de las aves y el correr de las aguas, induce a pensar que aún existe el Paraíso.

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*Esta niña yanomamö se ha adornado las orejas con plumas de garza blanca (Casmerodius albus). Shabono de Ashidowa-teri en la cuenca del río Siapa. Estado Amazonas, Venezuela, 1991. Foto por Charles Brewer-Carías
*Esta niña yanomamö se ha adornado las orejas con plumas de garza blanca (Casmerodius albus). Shabono de Ashidowa-teri en la cuenca del río Siapa. Estado Amazonas, Venezuela, 1991. Foto por Charles Brewer-Carías

Leyenda de fotos

*En primer plano se aprecia la copa emergente de un árbol de Puy (Eperua purpurea). Este árbol majestuoso de la familia Cesalpinaceae tiene la madera muy dura y florece en febrero. En el horizonte se aprecia el acantilado norte de la porción Kerepacupai de la famosa meseta Auyantepui, donde se encuentra la cascada mas alta del mundo, el Salto Ángel. Estado Bolívar, Venezuela, 1999. Foto por Charles Brewer-Carías

*Esta niña yanomamö se ha adornado las orejas con plumas de garza blanca (Casmerodius albus). Un palito le atraviesa el tabique de la nariz y el tono rojizo de la cara lo obtuvo frotándose la semilla de lashá (Bixa orellana).  Shabono de Ashidowa-teri en la cuenca del río Siapa. Estado Amazonas, Venezuela, 1991. Foto por Charles Brewer-Carías