Reinvención: el coleccionista como custodio

Septiembre 6, 2016

Patricia Phelps de Cisneros está feliz de haber sido incluida en el libro de reciente publicación Remix: Changing Museum Conversations in the Americas, editado por Selma Holo y Mari-Tere Álvarez. En Remix, Patty se une a una lista de más de cuarenta luminarias como Oscar Arias, Mario Vargas Llosa, Maxwell Anderson y Thomas Campbell, quienes participan con museos de todo el continente americano, cada uno contribuyendo a esta vibrante discusión acerca de la práctica del museo.

Nos complace volver a publicar aquí su ensayo "Reinvention: Collector as Custodian" (Reinvención: el coleccionista como custodio), originalmente publicado en inglés, en el que expresa su filosofía y sus ideas alrededor del coleccionismo.

(El libro puede solicitarse aquí.)


Cuando mi esposo y yo compramos nuestra primera obra de arte hace cuarenta años, no imaginamos que con ella inauguraríamos la Colección Patricia Phelps de Cisneros (CPPC). Tomó tiempo darme cuenta de que las obras de las que nos habíamos enamorado mi esposo y yo durante los primeros años de nuestra vida juntos, habían empezado a convertirse en una entidad cuyo mérito iba más allá de sus componentes individuales. Al entender que lo que teníamos era, más bien, una colección (o colecciones, en plural, dado que lo que hemos coleccionado entra en varias categorías distintas, como explicaré más adelante), también comprendimos a qué grado éramos responsables de todo eso: responsables de saber más acerca de las obras, de conservar piezas individuales, de sistemáticamente darle forma a la colección de una manera coherente, y de proveer medios para que estuviera disponible para otros a través de los objetos mismos y de diversos apoyos. Nuestro papel de custodios quedaba tan implícito como la naturaleza, fundamentalmente pública, de aquello que había comenzado como una labor privada.

Antes de que yo siquiera considerara adquirir una obra de arte, varias influencias importantes en mi vida ya le habían enseñado algo a la coleccionista en la que me convertiría. Una de ellas fue crecer en la ciudad de Caracas en los cincuenta, donde el arte y el espacio público se mezclaban en colaboraciones internacionales entre arquitectos, planificadores urbanos y artistas visuales, como en la Ciudad Universitaria de Caracas, diseñada por Carlos Raúl Villanueva y denominada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Desde una edad temprana estuve consciente del diálogo estético e intelectual de mi país más allá de sus fronteras. Estar rodeada de arte en un escenario urbano me permitió entender que el arte no necesitaba estar confinado dentro de las paredes de un museo –más bien podía tener una presencia muy pública e inmediata– y también me presentó una estética modernista que, desde entonces, me ha hecho sentir en casa.

El trabajo de mi bisabuelo, William H. Phelps, reconocido ornitólogo, fue una inspiración posterior. Su forma meticulosa de catalogar y conservar su colección de aves tropicales, así como su interés por difundir lo que sabía de ellas, fueron lecciones que no he olvidado a lo largo de mi vida.

Después de que empezamos a coleccionar, mi esposo Gustavo pensó que nuestra búsqueda debía tener un enfoque internacional; él siempre ha tenido una perspectiva global y ha cultivado alianzas por todo el mundo. Esto también ha tenido un impacto tremendo en la forma en que coleccionamos y las distintas maneras en que hemos buscado compartir esas obras.

Nuestras colecciones también reflejan nuestra vida juntos, así como nuestro profundo interés por las muchas facetas de la cultura latinoamericana. Por lo tanto, no solo tenemos una muy conocida colección de abstracción geométrica modernista de Latinoamérica, sino que también contamos con arte y muebles coloniales de la misma región, una colección de objetos y documentación de grupos indígenas en la Amazonia de Venezuela (muchos de ellos obtenidos durante los treinta años en que nuestra familia ha realizado expediciones en esta zona), un conjunto de paisajes latinoamericanos realizados por artistas viajeros que exploraron y documentaron la región desde el siglo XVII, así como una colección de arte contemporáneo cada vez mayor.

Nuestra hija, Adriana Cisneros de Griffin, está cada vez más involucrada en la CPPC, y su entendimiento de las posibilidades que abren las nuevas tecnologías y los medios digitales para difundir información y unir gente a través de límites geográficos han impulsado la colección y nuestros pensamientos sobre la misma hacia rumbos nuevos y prometedores.

Las posibilidades del arte que vi en mi juventud en Caracas, el conocimiento de la manera en que Latinoamérica estaba involucrada en un discurso más amplio de la modernidad y la inculcación de una estética que, gracias a su presencia constante en mi ciudad natal, me ha fascinado desde entonces; el valor de preservar, documentar y compartir los descubrimientos que mi abuelo me enseñó a través de su ejemplo; la forma en que mi esposo me animó a tener una perspectiva internacional y así desarrollar alianzas; el amor que le tenemos a la diversidad de la cultura latinoamericana y los poderes de expansión de las nuevas tecnologías de esta era digital, todo esto ha contribuido a formar nuestra actitud sobre nuestras colecciones, nuestra responsabilidad con ellas y el legado que buscamos construir a través de las mismas.

Me gustaría señalar ejemplos concretos de cómo esas semillas han brotado, a veces trenzándose al crecer. Primero consideramos, y más tarde rechazamos, la idea de un museo permanente para las colecciones, y preferimos más bien adoptar un sistema de préstamo libre, mismo que ha logrado que un porcentaje amplio del material esté viajando constantemente a museos y a instituciones en Europa y América para exposiciones y préstamos a largo plazo. Más de siete millones de personas en diez países han visto la colección Orinoco (nuestra colección de cultura material de pueblos indígenas del Amazonas). Hemos almacenado obras que están disponibles para ser estudiadas a fondo por estudiantes y sus profesores, miembros de instituciones de alta educación que son nuestras colaboradoras, quienes han podido examinar y ver, de primera mano y sin intermediarios, obras de arte pertinentes para sus estudios.

La CPPC ha financiado becas de viaje y asociaciones para que curadores y estudiantes puedan ir a Latinoamérica a llevar a cabo investigaciones esenciales, propiciando el entendimiento profundo que viene con encuentros inmediatos y contextuales con el arte y los artistas. También ha apoyado becas para que artistas latinoamericanos puedan asistir a programas internacionales y, junto con instituciones amigas, ha creado seminarios y apoyado programas, exposiciones y publicaciones que promueven el estudio del arte latinoamericano. Hoy en Hunter College ya hay un Patricia Phelps de Cisneros Professor in Latin American Art, y en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) hemos establecido el puesto de bibliógrafo latinoamericano. Ahí también establecimos el Latin American and Caribbean Fund, un comité que trabaja muy de cerca con el equipo de curadores del MoMA para identificar y financiar adquisiciones que ampliarán su ya incomparable y duradera colección de arte de estas regiones.

Hemos podido documentar y difundir imágenes de, y textos críticos sobre, obras en la colección a través de nuestras publicaciones, considerando la preservación no solo de obras de arte sino de las voces de los propios artistas. Para cumplir este propósito, publicamos la serie bilingüe Conversaciones/Conversations, con discusiones a profundidad entre artistas latinoamericanos contemporáneos e historiadores de arte, críticos y curadores. Algunos de estos libros también se han publicado en formato digital que incluyen una inmensidad de material adicional, como videos y documentos que no pueden ser parte del formato impreso. Nuestra asociación con Artstor nos ha permitido que cientos de imágenes de arte latinoamericano contemporáneo, colonial y moderno estén disponibles a través de una biblioteca digital. En 2014 lanzamos un sitio de internet a manera de revista digital, que aborda tema de interés e importancia en el arte en Latinoamérica y que promueve la discusión y el debate.

Evidentemente, en tiempos de mi bisabuelo no existía la conservación ni la difusión digital, pero él también utilizó los métodos más eficaces de la época. Así también lo hizo un amigo suyo, el ornitólogo y secretario del Smithsonian de 1964 a 1984, S. Dillon Ripley. La actitud y las políticas de Ripley respecto a la administración de museos fueron admirables, adelantadas a su tiempo y útiles hasta hoy; él creía en hacer disponible el material para el público como una experiencia viva. Un par de ejemplos ilustrarán a lo que me refiero. Sobre la colección de instrumentos musicales del Smithsonian, Ripley dijo, célebremente: “saquen los instrumentos de sus estuches y háganlos cantar”, inaugurando así la práctica de conciertos en el museo. Durante un periodo agitado en Washington, D.C., cuando se esperaba la llegada de manifestantes al Great Lawn en la Casa Blanca y otras organizaciones cerraban sus puertas por miedo, Ripley decidió que el Smithsonian permaneciera abierto, y abierto hasta más tarde que de costumbre, no solo para que los manifestantes pudieran tener acceso a los baños sino porque, como dijo: “¿con qué frecuencia regresarán estas personas a Washington?” Dillon se aseguró de que el Smithsonian y sus colecciones fueran parte de una sociedad democrática. Escribió un libro maravilloso sobre museos –su pasado, presente y futuro– que todavía es una lectura fascinante, titulado The Sacred Grove: Essays on Museums.

En ese volumen, Dillon señala que coleccionar es uno de los instintos humanos más antiguos, y añade que la “cultura… crea colecciones y las colecciones crean cultura”. Desde mi punto de vista, las colecciones crean cultura al formar gradualmente una idea compartida de lo que importa, de lo que es valioso y de lo que refleja nuestros vínculos a un pasado interconectado, nuestro entendimiento del presente y nuestras esperanzas de cara al futuro. El valor cultural de material previamente subvaluado o poco reconocido puede ser mejor apreciado a través de una colección cuya custodia incluya la misión de educar, exponer y publicar, así como de crear asociaciones con otros. Es nuestro más ferviente deseo que, a través de las iniciativas y esfuerzos que hemos hecho alrededor del material que estará temporalmente en nuestras manos pero que pertenece al mundo, logremos dar nuevas perspectivas para entender el fascinante diálogo entre el coleccionismo y la cultura, y presentar un amplio espectro del arte latinoamericano que atrape la imaginación global.